Los lunes en mi casa

De escribir, de los escritores, de leer y de los libros

Él, ELLA, SUS AMIGOS Y SUS CONFLICTOS

Cuando coloco una pieza en un espacio abierto, lo que más me interesa es el cielo: no hay ningún fondo mejor que el cielo para una escultura, porque permite contrastar la forma con el espacio abierto sin establecer competencia alguna con cualquier otra escultura.

Henry Moore

 

Cuando se trata de mirar esculturas, probablemente sea mejor hacerlo de una en una y ver que nos cuenta cada pieza individualmente. Creo que  a eso se refería Henry Moore cuando hablaba del cielo como el contraste perfecto para sus piezas.  Solo el azul, liso, uniforme, sin nada que pueda desviar la atención  hacia otro lado que no sea la pieza que se observa.

Cuando las esculturas son imágenes de personas, su físico y la pose en la que han sido esculpidas, se encargan de hacernos reflexionar sobre la historia que hay detrás. Pero a veces, el escultor nos obsequia con algunas pistas en forma de otros personajes, o animales u objetos que acompañan a la figura central y ayudan a complementar la información.

En el caso de un escritor, el cielo raso no es el mejor escenario frente al que contrastar al personaje principal para hacerlo visible al lector. Todo lo contrario. Los personajes de ficción que parecen reales se obtienen precisamente a base de enfrentarlos a los otros personajes, a las circunstancias que los rodean y los mueven a actuar.

La historia que se cuenta en una novela o en un relato es la de alguien. Aunque sea un hecho lo que se quiere destacar, a pesar de que un lugar —su creación, su evolución— tenga una importancia elevada en la trama, siempre se cuenta a través de personajes. Por eso, antes de escribir una novela hay que preocuparse de que los protagonistas estén a la altura de lo que se va a explicar. Deben de ser la mejor opción para llevar el mensaje y han de estar rodeados de los compañeros más adecuados.

CÓMO PASAR UN BUEN RATO LEYENDO

Usted solo necesita seguir un sencillo método en 8 pasos:

1.- Vaya a una librería y compre Cómo apedrear a un escritor de éxito. Rudimentos de filosofía práctica de Octavio Cortés

2.- Si es de los que no lee mucho, no se preocupe, cómprelo igualmente. El libro solo tiene 89 páginas. ¡Hasta usted puede leer un libro tan corto!

3.- Si por el contrario, usted es un lector compulsivo se lo ventilará en un pis pas.

4.- Al ir a caja a pagar, no se arruine el día por el precio del libro —¡12€ por 89 páginas!—, y no culpe al autor de tal despropósito. Recuerde que los escritores rara vez meten mano en el dinero que cuesta su libro.

5.- Si es usted vergonzoso, léalo en el sofá de su casa —o en el lavabo de su casa, o en el dormitorio de su casa…—. Quiero decir que no lo lea en un lugar público tipo el metro, el autobús, el banco de un parque… Se va a reír bastante, y a veces en voz muy alta. La gente que esté a su alrededor le mirará.

6.- No le tenga en cuenta al escritor capítulos como el 10: Cómo decidir qué canción silbar durante el afeitado. Si no conoce las canciones que el autor nombra, no se preocupe, nadie le está tomando por tonto. Es que los escritores tienen la necesidad de hacer sus particulares homenajes a quien admiran, y también un poco, de mostrar lo cultos y lo fascinantes que son, o si no se lo hacen encima. Por otra parte —ustedes tienen que darme la razón—, a todos nos gusta hacernos un poco los interesantes.

7.- El autor queda totalmente redimido de las anteriormente citadas veleidades con capítulos como el 4 —Cómo aterrorizar al vecindario con un casco de hockey y una katana—,  el 6 —Cómo averiguar si cierto pariente lejano es un robot homicida enviado desde el futuro—, el 11 —Cómo leer la prensa nacional después de una noche electoral—, el 14 —Cómo apedrear a un escritor de éxito—, o el 19 —Cómo tratar con personas que nos paran por la calle y nos fuerzan a mantener una conversación sobre temas aburridos y/o ininteligibles.

8.- Cuando termine el libro —por una vez y sin que sirva de precedente este consejo—, vuelva a la primera página y empiece de nuevo su lectura. Se partirá todavía más si cabe.

Título: Cómo apedrear a un escritor de éxito. Rudimentos de filosofía práctica

Editorial: Sloper

Autor: Octavio Cortés

KINSEY MILLHONE

A los cinco años, Kinsey Millhone  sobrevivió a un accidente de tráfico en el que resultaron muertos sus padres y a raíz del cual, ella se trasladó a vivir con su tía Gin (Virginia). Después de una adolescencia que incluyó la marihuana y algunos actos calificados de delictivos, consiguió ingresar en la universidad, pero a los tres meses descubrió que la vida académica no era lo suyo y se incorporó al cuerpo de policía de Santa Teresa (California).

Mide 1,70 y pesa 53 kg.  Viste siempre vaqueros  y jerséis de cuello alto, y si la ocasión lo requiere, tiene un vestido negro multiusos al que puede recurrir. Es adicta a los bocadillos de pepinillos con mantequilla de cacahuete y a las hamburguesas de McDonalds y para contrarrestar el exceso de calorías, corre cinco kilómetros, todas las mañanas. Sin embargo,  con los años, este saludable hábito le va pesando y en algunas ocasiones sucumbe a los encantos de quedarse en la cama y dormir un par de horas más. Vive en un pequeño estudio de dos plantas situado en el garaje de su vecino, un jubilado de 89 años, Henry  Pitts. Hace algunos años conducía un Volkswagen Escarabajo y recientemente lo ha cambiado por un Mustang de 1970.

A pesar de que la fecha de su nacimiento es el 5 de mayo de 1950, en realidad vino al mundo en 1982, y en la actualidad sigue viviendo en los ochenta, a finales de la década.

Kinsey es la protagonista de la serie de novela negra “Misterios del alfabeto”. Su autora, Sue Grafton, cuenta que la idea le surgió durante su divorcio, cuando su marido y ella peleaban por la custodia de su hijo, y sintió que tenía deseos de acabar con él: En vez de pasarme la vida en la cárcel, pensé en algo mucho mejor; matarlo en un libro y además, recibir dinero por ello.

La serie,empezó con la “A de adulterio” y ya va por la “V de venganza”, y es altamente recomendable para todos los amantes del género. El hecho de permanecer en los años ochenta, obliga a la investigadora a ejercer su trabajo sin las sofisticaciones a que nos tiene acostumbrados la criminología actual. Es un retorno a los clásicos, igual que estar leyendo a Ross Macdonald o Margaret Millard, con el punto de poca vergüenza que le imprime el carácter deslenguado y mordaz de la protagonista.

Como en todas las cosas de la vida, entre los libros de la serie  los hay de mejores y de peores. El primero “A de adulterio” es fantàstico, Para mi gusto “C de cadáver”, “G de guardaespaldas”, “J de juicio” t “T de trampa”, merecen mucho la pena. Lo mejor es leerlos todos y en orden, porque además de los casos, también se puede seguir la vida de la protagonista.

http://www.tusquetseditores.com/titulos/andanzas-a-de-adulterio

 

 

HUME Y LA BELLEZA

El siglo XVIII, en Escocia y el Reino Unido, estuvo marcado en el ámbito filosófico por la proliferación de escritos de diversos autores acerca de la norma estética, entre ellos David Hume.

Este filósofo y muchos de sus coetáneos —cada uno con ligeros matices—, buscaban la norma del gusto a partir de la observación y el posterior análisis de la obra estudiada o admirada.

Hasta entonces los tratados sobre la estética perseguían encontrar unos criterios comunes que definieran lo que era bello, sin embargo, Hume rompe con la regla de que la armonía es el fundamento de la belleza. Según él, la belleza ya no depende solo de la cosa observada sino de quien la observa. La hermosura ya no reside en la proporción  armónica, como defendían los cánones clásicos, sino que está en el sujeto que la contempla. Es decir, una obra de arte lo es porque alguien la admira. Por lo tanto, la belleza está en la propia naturaleza humana.

Hume también creía que el proceso de creación se desarrollaba relacionando razón y pasión.

A través de la razón, el artista sopesa tamaños apropiados, materiales convenientes… La pasión es el motor, es el remolino que nos envuelve y nos arrastra hasta llevarnos a aquello que queremos hacer y no a otra cosa.

En el caso del escritor, la razón es la que le da vueltas a los aspectos más formales: que la historia no tenga ni más ni menos páginas de las que son necesarias, que las palabras sean las adecuadas, el orden en que finalmente se contará la historia, cuántas voces narrativas, cuántos personajes…

La pasión, probablemente, tendrá que ver con ese dilema que tenemos muchos de los que escribimos y que es: ¿De qué voy a hablar?

Las modas dictan los temas, ahora vivimos en la resaca erótica y nuestras librerías están inundadas de libros acerca del rol de los sumisos y sumisas en las relaciones sexuales. Y son los que más se venden.

¿Quiere decir eso que si no escribimos acerca de lo que está de moda tenemos menos posibilidades de publicar? Pues la verdad es que sí. Mercados mandan.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Escribir sobre lo que está de moda o acerca lo que el cuerpo nos pide?

Hume decía que la razón es la que nos dice cómo hacer las cosas, pero querer hacerlas no es una cuestión de la razón. Y también que: En primer lugar, la razón sola no puede nunca constituir un motivo de ninguna acción de la voluntad; y en segundo lugar, nunca puede oponerse a la pasión en la dirección de la voluntad.

Yo supongo que se trata de encontrar el equilibrio prefecto entre razón y pasión.

Hay una novela que es utilizada por muchos profesores y autores de manuales de técnica narrativa como ejemplo de casi todas las cosas que están bien hechas: Drácula de Bram Stoker.

¿De qué habla la novela? Del amor, de su fuerza y de cómo, si es verdadero, no será vencido ni por la mismísima muerte. ¿Cómo lo cuenta? Con vampiros.

Ya ves, él sin tener ni idea y trending topic del siglo XXI. Que se lo digan si no a Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo.

LA NUEVA ORTOGRAFÍA

Estas últimas semanas se ha vuelto a hablar en la prensa sobre las polémicas decisiones ortográficas que la RAE tomó en el 2010.

Los comentarios se han reavivado con motivo de la publicación del seguimiento por parte de los españoles de los cambios propuestos en su día. Al parecer, la aceptación de las nuevas normas es entre escasa y nula, con la excepción del acento desaparecido en la o que va entre cifras -al escribir 1 o 2-, que se ponía para evitar que se confundiera con el número cero. Se ve que en este caso no  hemos notado la supresión de la tilde porque no la poníamos ni cuando era obligatorio.

Algunos notables de las letras españolas –académicos ellos y por tanto responsables de los cambios propuestos-, han mostrado su rechazo a dichas normas. Tal es el caso de Arturo Pérez-Reverte, que afirma que él continuará acentuando el adverbio solo, o Antonio Muñoz Molina, que aseguró que no le gustaba nada la supresión del acento en guion.

Javier Marías añade que, ya puestos, si quitamos el acento de truhan también se debería suprimir la h: Dado que la Academia parece inclinada a facilitarles las cosas a los perezosos e ignorantes suprimiendo tildes, no veo por qué no habría de eliminar también las haches. O acerca del controvertido solo: La posibilidad de seguirles poniendo tildes a estas palabras no es para mí irrelevante. ¿Cómo saber, si no, lo que se está diciendo en la frase “Estaré solo mañana”? Si se la escribe en un mail un hombre a su amante, la diferencia no es baladí: sin tilde significa que estará sin su mujer; con tilde que mañana será el único día en que estará en la ciudad. No es poca cosa, la verdad. Por menos ha habido homicidios.

Francisco Moreno, director académico del Instituto Cervantes, dice que el rechazo a esta nueva normativa ortográfica es porque no nos ha dado tiempo a asimilar los cambios: Escribir guion, solo y este sin tilde está costando mucho. Somos muy conservadores en materia ortográfica, y en cambio somos muy abiertos en materia léxica, celebramos que la academia reconozca palabras como tuitear o red social, pero cualquier mínimo cambio ortográfico provoca recelo.

Hombre, a mí no me parece lo mismo. Entiendo que el lenguaje de la calle se adapte con prontitud,  porque en este caso -como debería ser en muchos otros- manda el pueblo. Lo ridículo por parte de la RAE sería empecinarse en no incluir vocablos que están en boca de todos y son de uso común. Ojo, con salvedades, porque comparto la idea de incluir tuitear que, a pesar de ser un anglicismo, no tenía una voz propia en español anterior a la a parición del término, pero no veo la necesidad de utilizar la palabra casual -que es como se dice en inglés- en substitución de otra que nosotros ya teníamos: informal.

Aunque yo ya he adoptado los cambios, para estar acostumbrada cuando pasen de recomendables a obligatorios, comparto las reticencias ortográficas con la mayoría de castellano escribientes, todas menos una, esa que promulga que las fórmulas de tratamiento, títulos y cargos se escriben en todos los casos con minúscula. Creo que en este caso, y teniendo en cuenta que la regla tiene ya un tiempo, los académicos tuvieron un punto visionario, porque ya no hay Ministros sino ministros, Duquesas sino duquesas y don Juan Carlos, ya no será nunca más el Rey, sino que será únicamente rey.

SÓLIDO LÍQUIDO Y GASEOSO

Zymunt Bauman (Poznán, Polonia, 1925) es un sociólogo y filósofo conocido por haber acuñado el término “modernidad líquida”.

Dicho concepto alude al desmoronamiento de las formas sociales tal y como estaban establecidas antes de la crisis, a la pérdida de su condición “sólida”, puesto que ya no son capaces de mantener su cohesión durante un largo periodo de tiempo y se descomponen y se funden más deprisa de lo que llegan a formarse.

A causa de su corta vida, dichas formas sociales ya no resultan un referente para las experiencias vitales a largo plazo de los seres humanos, y por lo tanto, los individuos nos encontramos con el dilema de escoger entre unas opciones en evolución constante. Este cambio continuado hace que las consecuencias de dichas elecciones sean imprevisibles, y la responsabilidad recae sobre el individuo porque no hay recetas, que una vez aprendidas y aplicadas, permitan evitar los errores o ser culpadas si se produce el fracaso.

Seguramente, cualquier persona puede ver reflejada su propia situación en esta reflexión de Bauman. El ensayista  añade que el constante recorte de las estructuras comunitarias que el Estado ofrecía contra el fracaso y la mala suerte, hacen  que la palabra “comunidad” suene cada vez más vacía.

Los lazos existentes entre los hombres y mujeres  que antes formaban las redes de seguridad se han vuelto débiles y desde los mercados internacionales se degradan la colaboración y el trabajo en equipo y se fomentan  las acciones individuales y las actitudes competitivas.

Últimamente los autores, ya no son los que escriben la novela, son también los que se preocupan de encargar y pagar un informe de lectura que hable de las bondades de su novela y con el que poder entrarle a agentes y editores,  buscar y de nuevo pagar un corrector ortotipográfico y de estilo, abrir un blog y empezar a publicitarse, entrar en foros, en facebook, en twitter…

Extenuante. O al menos lo es para mí. Y desagradable, porque Dios me ha dado unas habilidades sociales limitadas y acerca de la comprensión y manejo de las nuevas tecnologías, mejor ni os cuento.

Ese sobreesfuerzo, sin garantía alguna de éxito —ni siquiera de caso en algún sentido—, crea una angustia que nos hace tender a la mezquindad. Pues que cada uno se lo curre como pueda… Sin embargo, continúan siendo los colectivos que se unen los que sobreviven. Las pequeñas editoriales que se han cooperativizado son las que siguen a flote –más mal que bien, pero ahí andan, peleando-, los autores que se unen y promueven iniciativas y asociaciones desde las que darse voz a sí mismos y a los demás noveles.

Hay que compartir información y echarse una mano en estos tiempos que, de líquidos nos pueden pasar a gaseosos en un pis pas y dejarnos a todos y a todas más colgados de lo que estamos.

VER PARA CREER

La forma que Don Gregorio tenía de mostrarse muy enfadado era el silencio. “Si vosotros no os calláis, tendré que callarme yo.”

Y se dirigía hacia el ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, descorazonador, como si nos hubiera dejado abandonados en un extraño país. Pronto me di cuenta de que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él tocaba era un cuento fascinante.

El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después pasar por el Amazonas y la sístole y diástole del corazón. Todo conectaba, todo tenía sentido. La hierba, la lana, la oveja, mi frío.   

Cuando el maestro se dirigía hacia el mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminase la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por primera vez el relinchar de los caballos y el estallido del arcabuz. Íbamos a lomos de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchábamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras. (…) Construíamos el Pórtico de la Gloria. Plantábamos las patatas que habían venido de América. Y a América emigramos cuando llegó la peste de la patata.

                                                    Manuel Rivas. La lengua de las mariposas

En narrativa existe una máxima que dice que mejor mostrar que decir. Esto significa lo mismo que aquello de que una imagen vale más que mil palabras, con el matiz de que en literatura de lo que se trata es de construir esa imagen con las palabras.

Para hacer avanzar una narración los escritores pueden jugar en dos modos: el modo escena y el modo resumen.

En el primero se trata de situar al lector en tiempo real, y hacerle ver lo que el personaje vive en ese momento. En el segundo, se intenta que la trama avance en el tiempo de manera rápida, sin detenerse a mostrar mucho ya que son datos que interesan para situar y contextualizar la historia pero no son el quid del la cuestión.

Conectados en modo escena, los autores disponen de varios recursos para acercar la narración al lector —de eso se trata cuando se usa la escena—: los diálogos, la acción —o sea lo que hace el personaje—, y la descripción estática de lugares o sensaciones para crear una atmósfera determinada. En todas ellas prima la visibilidad: que el lector se sumerja en un determinado ambiente a base de describir las sensaciones a través, no solo de los ojos, sino de los sonidos, los olores, el tacto y los sabores, y que vea como es el personaje, lo que dice, como se siente, lo que hace

En lo de ver al personaje, no se refiere únicamente a enseñarle físicamente, sino a que sus estados de ánimo sean visibles a través de sus acciones y no porque la voz narrativa utilice un abstracto para explicarse. Por ejemplo, el narrador dice:

María estaba feliz.

Y se queda tan ancho.

El lector sabe que María estaba feliz porque se lo ha dicho ese que le cuenta la historia. Pero si dice:

María salió de casa a las siete de la mañana, cuando todavía estaba oscuro, con una sonrisa en los labios. No le importó perder el autobús a pesar de que corrió para alcanzarlo y se rompió el tacón del zapato. Se arrancó el otro tacón y se sentó a esperar el siguiente vehículo. Ya en él, no encontró sitio para sentarse, y se pasó todo el trayecto con la nariz empotrada en el sobaco de un hombre que no se cambiaba la camisa por lo menos desde hacía un mes y ni eso pudo borrarle la sonrisa. Nada hubiera podido. Antes de que se acabara el día, María abrazaría a su Pedro al que hacía más de tres meses que no veía.

La palabra feliz no ha aparecido, pero ¿alguien duda de la felicidad de María? No. Porque la hemos visto mediante acciones concretas.

En literatura, como Santo Tomás:

Si no lo veo, no lo creo.

UNA OPORTUNIDAD

Sí, yo he leído Cincuenta sombras de Grey. Miento, estoy en ello, todavía no he terminado el último volumen de la trilogía.

El primero me lo pulí en cuatro días, el segundo me costó más y tuve que combinarlo con otras lecturas —habitualmente leo un solo libro y no empiezo el siguiente hasta terminarlo—, y el tercero está siendo un poco por cabezonería, otro poco por curiosidad. Creo que ya he mencionado que soy de las que abandona un libro en cuanto empieza a aburrirse, pero quiero saber dónde va a parar la historia.

Me gusta saber qué tienen de especial las novelas  que se venden a millones.

Vamos con los personajes. Están construidos a base de topicazos: jóvenes, guapos —al menos él lo es mucho tal y como nos repite ella hasta el hartazgo—, inteligentes y buenos —ella es una redentora y él un millonario filántropo—. En aras de mostrar eso de la bidimensionalidad de los personajes, la autora le adjudica a él un pasado tormentoso que le ha convertido en un sádico, pero creo que E.L. James se corta a la hora de explorar ese camino y apenas asoma la parte más oscura, le falta tiempo para dar marcha atrás y suavizar la situación para no llegar a mostrarlo nunca como el malo. Ella, sin embargo, muestra contradicciones más simples pero mejor resueltas: le va el sexo duro y al mismo tiempo la asusta. Además, lleva asociados mis dos personajes favoritos —ambos secundarios—: la voz de la conciencia con sus gafas de media luna y la diosa interior, acróbata consumada.

Entiendo porqué esos personajes pueden llegar a fascinar, pero en mi opinión se quedan cortos y tienen un punto irreal que hace que no los tomes en serio.

Sigamos con la trama. Millonario sádico y controlador se enamora de chica inteligente y un poco respondona —lo justo—. Se quieren, se pelean, follan —con más o menos parafernalia según haya habido o no cabreo previo al sexo—, y a por la próxima. ¡Ah, sí! También hay personajes infames y rastreros que les quieren mal porque son unos envidiosos y unos tarados.

Nos queda el sexo. Decía Luis García Berlanga que un buen libro erótico se lee sosteniéndolo con una sola mano; Cincuenta sombras de Grey, acaba sujetándose con las dos, una porque es un tocho y pesa lo suyo, y dos porque las escenas pornográficas, a pesar de estar muy bien escritas y, en un principio ponerte bastante a tono, al final acaban por empachar. Hay sexo para hastiar a los más fervientes erotómanos de la tierra.

Pero ha vendido lo que no está escrito, y mi conclusión es que es entretenido, tiene mucho morbo y es fácil de tragar para quien no está acostumbrado a leer mucho.

Para todos aquellos que se hayan interesado por la literatura erótica, les recomiendo que consulten colecciones como la desaparecida “La Sonrisa Vertical” de Tusquets, con libros memorables, y que se den una vuelta por esta página de Facebook, En carne extraña:

http://www.facebook.com/pages/En-carne-extra%C3%B1a/389556534462226?fref=ts

Nada que cuestionar a las ventas de Cincuenta sombras de Grey, pero el otro día, Luisa Vidal, una amiga que también escribe, defendía que hay muchos libros y autores publicados con mucha más calidad que son desconocidos para el público porque no han tenido una gran campaña mediática y que con el marketing adecuado, también llegarían a gustarle a un número muy respetable de lectores. Y en eso estoy de acuerdo con ella.

Yo me leí la biblioteca de mi barrio por orden alfabético para descubrir autores de los que probablemente, de no haber hecho eso, ahora no sabría nada. La semana pasada compré El rapto de Britney Spears de Jean Rolin, porque me gustó lo que decía la contraportada. Y me lo estoy pasando de miedo con la historia.

Hay que dar una oportunidad a los libros, leer de todo y así descubrir que son muchas las historias que nos atrapan y no solo las que reciben más publicidad.

OTRA HISTORIA

La literatura difiere de la vida en que la vida está llena de detalles acumulados y raramente nos encamina hacia ellos, mientras que la literatura nos enseña a observar.

James Wood. Los mecanismos de la ficción

Hay dos aspectos a la hora de escribir que me parecen muy necesarios a tener en cuenta. El primero es la elección del tema que se quiere tratar, y el segundo es —una vez encontrado el primerio—, no soltarlo hasta llegar donde se planea.

La observación a la que se refiere Wood, en mi caso, está relacionada con el primero de los aspectos mencionados.

Para alguien que escribe, esta observación debe ser una herramienta más para ejecutar su trabajo. El autor debiera mirar la historia que tiene delante, y que muchas veces proviene de la realidad, con detenimiento. Después, diseccionarla y volver a unirla en su imaginación ahondando en el aspecto más universal de esta. La realidad es que el escritor transmite mucho más a sus lectores cuando alcanza un cierto nivel de ”liberación autobiográfica”.

El lector tiende a identificarse más con la obra si tiene cierta libertad para interpretarla, para llevarla a su terreno, para pasarla por su propio cedazo.

En cuanto  al segundo aspecto, creo que la disciplina y mantener el objetivo al que se quiere llegar en el punto de mira son fundamentales para acabar contando una historia redonda.

En clase, especialmente con los alumnos de novela —y también en concreto cuando se trata de un primer proyecto—, me he dado cuenta que los algunos de ellos tienen tendencia a querer decir muchas cosas, tantas que a veces parece más una declaración de principios.

Yo pienso que lo mejor es centrarse en un concepto por historia, en una única misión. Es por eso que creo acertado empezar a escribir la novela, cuando el escritor ya conoce su final y todos los acontecimientos que llevan hacia él. Mi hermana dice —y puede que no le falte razón—, que yo soy un poco Asperger (Por cierto: Tim Burton, Nicolas Tesla Albert Einstein y el guapísimo Keannu Rives entre otros lo son o lo eran, así que…)

Sé que cada maestrillo tiene su librillo y que esto que digo no es más que una opinión, un método que a mí me funciona, pero a menudo, en las clases, constato que cuando se escribe sin dirección —sin tener la trama bien construida y montada—, hay una cierta tendencia a encallarse, o a entrar en un bucle de reescritura de todo el texto anterior cada vez que se finaliza un capítulo porque cambia el punto de vista, o el papel asignado a este o aquel personaje…

Esto es muy frustrante, y yo consigo evitar irme por los cerros de Úbeda planificando uno por uno cada núcleo de acción de la novela, uno detrás de otro, respondiendo a la ley causa-efecto, durante el principio y el nudo hasta llegar al desenlace planificado, y haciendo como Ulises, que se ataba para no sucumbir a los cantos de sirena, que en este caso serían los mil y un argumentos diferentes que se esconden entre líneas. Hay que saber decir: esto es otra historia.

SIN COMPLICACIONES

 

El lenguaje es menos práctico que la estética. Si, al querer hablar de una rosa, no dispusiéramos de ningún vocablo, si cada vez tuviéramos que decir “la cosa que se despliega en primavera y que huele bien”, la cosa en cuestión sería mucho menos hermosa.

                                                                     Amélie Nothomb. Ácido sulfúrico

A veces, los escritores nos preocupamos demasiado a la hora de escoger una palabra. En muchas ocasiones, importa más mostrar los muchos conocimientos léxicos y sintácticos que hacer comprensible la imagen que se está mostrando.

Cuántas veces hemos leído un texto y hemos tenido que releerlo de nuevo porque no conseguimos retener el concepto que el autor trataba de explicarnos. Eso pasa porque el lenguaje es demasiado literario.

Puede parecer un sinsentido el hecho de hablar acerca de un lenguaje con un exceso de literatura cuando lo que se pretende es hacer literatura, pero hay que entender que el modo de contar historias ha cambiado sustancialmente desde los primeros narradores orales de nuestra historia.

En pleno siglo XXI, los lectores pedimos agilidad, visibilidad, nos importa más lo que nos cuentan que los conocimientos ilimitados de quien lo hace.

Eso por supuesto no quiere decir que no debamos tener un vocabulario amplio y cierta soltura a la hora de utilizarlo. Incluso se nos permite jugar con él siempre que no perdamos de vista que estamos explicando una historia.

Vamos a ver un ejemplo:

 A las ocho y media se detuvo a poner en hora su reloj de bolsillo. Llevaba la tarde entera sin dar descanso a los pies y traía la mueca del que sufre del hígado. Por lo demás, apretaba el calor en Madrid y de las cloacas subía un tufo, lo más parecido al aliento de un perro enfermo.

Con el golpe en las narices, y la mueca cruzándole el rostro, guardó su reloj en el chaleco y siguió andando hasta lo de Candelas; un sitio de cafelito, sifón y horchata que le quedaba a la vuelta de la esquina. Antes de entrar, y por ver si la camarera rubia había llegado, echó una ojeada desde la calle. Inclinándose por debajo de la persiana, aplastó su nariz contra el cristal y la divisó al fondo. Ahí estaba la pájara. Venía con una bandeja llena y el andar pimpante.

Cuando ella reparó en él, pegó un respingo que por poco tira las horchatas. Luego se compuso, disimuló y siguió sirviendo las mesas, como si el teniente Beltrán no existiera, como si no le importase ser atravesada por unos ojos iguales a dos monedas de plomo.

                                               Montero Glez. Pólvora negra.

 

Roberto Montero González —Montero Glez en el ámbito literario— es uno de los escritores de este país que consigue hacer gala de un lenguaje rico, diverso y bien adaptado a cada uno de los escenarios, épocas y clases sociales que retrata, sin necesidad de recargar frases, haciéndose entender fácilmente en el uso de cada palabra. Creo que es un buen ejemplo de que, en un texto literario, la sencillez no significa escasez o ausencia de calidad.

Os adjunto la bibliografía del autor que figura en su blog http://www.monteroglez.com

Montero Glez (Madrid 1965). Es autor de las novelas: Sed de Champán (1999) Cuando la noche obliga (2003) y Manteca Colorá (2005) así como de un volumen de cuentos titulado, Besos de fogueo (2007). Colaborador en distintos medios y bajo diferentes seudónimos, ha reunido sus artículos de opinión en Diario de un hincha, el fútbol es así (2006) y El verano: lo crudo y lo podrido (2008). Su novela Pólvora Negra fue galardonada con el premio Azorín de novela 2008. En el 2009 publica A ras de «yerba», apuntes futboleros. En noviembre de 2010 publica Pistola y cuchillo.