Los lunes en mi casa

De escribir, de los escritores, de leer y de los libros

Etiqueta: escritura

RECORTA, PEGA Y COLOREA

Tengo dos trabajos. Es lo que pasa, que ahora para juntar un sueldo necesitas trabajar en dos sitios.

Uno, como ya he mencionado en otras ocasiones, es el de dar clases de Técnica Narrativa en la escuela Vamos a contar mentiras, y el otro es el de conserje en una escuela.

Pues bien, a principios de septiembre, cuando volvimos a la escuela todos, una de las profesores se me acercó:

-¿Qué tal el verano?

-Muy bien, gracias. ¿Y el tuyo?

Bien, bien.

Y entonces, en el mismo tono que si me preguntara que tal el recreo con mis amiguitos, añadió:

-¿Ya has escrito mucho?

A lo que yo respondí:

-Ni una sola palabra. Yo, durante las vacaciones, no trabajo.

Ella sonrió. Creo que se quedó un poco cortada porque no me dijo nada más y se fue.

No ocurre con todo el mundo, pero en general, cuando explicas a los demás que escribes -y hablo incluso de personas cercanas: familia, amigos…-, ellos asienten, y dicen:  Aaah ¡Qué interesante! Y su cabeza codifica la acción de escribir en el campo que abarca los hobbies.

No niego que la escritura tiene una parte muy lúdica pero es un trabajo pesado, que requiere concentración, que hay días en los que no hay manera de que se refleje con claridad en el papel lo que uno quiere explicar. Lo desesperante que es saber que cuando has acabado de contar, te queda volver a empezar para revisar y reescribir la historia.

Es como si escribir estuviera reservado para cuatro mentes preclaras y lo que hacemos los demás fueran manualidades, entretenimientos.

He repetido muchas veces que no soy escritora porque todavía no estoy publicada y por lo tanto no recibo ni el reconocimiento ni la remuneración que deben recibir los profesionales de cualquier disciplina, pero de ahí al recorta, pega y colorea hay un largo tramo.

UNA OPORTUNIDAD

Sí, yo he leído Cincuenta sombras de Grey. Miento, estoy en ello, todavía no he terminado el último volumen de la trilogía.

El primero me lo pulí en cuatro días, el segundo me costó más y tuve que combinarlo con otras lecturas —habitualmente leo un solo libro y no empiezo el siguiente hasta terminarlo—, y el tercero está siendo un poco por cabezonería, otro poco por curiosidad. Creo que ya he mencionado que soy de las que abandona un libro en cuanto empieza a aburrirse, pero quiero saber dónde va a parar la historia.

Me gusta saber qué tienen de especial las novelas  que se venden a millones.

Vamos con los personajes. Están construidos a base de topicazos: jóvenes, guapos —al menos él lo es mucho tal y como nos repite ella hasta el hartazgo—, inteligentes y buenos —ella es una redentora y él un millonario filántropo—. En aras de mostrar eso de la bidimensionalidad de los personajes, la autora le adjudica a él un pasado tormentoso que le ha convertido en un sádico, pero creo que E.L. James se corta a la hora de explorar ese camino y apenas asoma la parte más oscura, le falta tiempo para dar marcha atrás y suavizar la situación para no llegar a mostrarlo nunca como el malo. Ella, sin embargo, muestra contradicciones más simples pero mejor resueltas: le va el sexo duro y al mismo tiempo la asusta. Además, lleva asociados mis dos personajes favoritos —ambos secundarios—: la voz de la conciencia con sus gafas de media luna y la diosa interior, acróbata consumada.

Entiendo porqué esos personajes pueden llegar a fascinar, pero en mi opinión se quedan cortos y tienen un punto irreal que hace que no los tomes en serio.

Sigamos con la trama. Millonario sádico y controlador se enamora de chica inteligente y un poco respondona —lo justo—. Se quieren, se pelean, follan —con más o menos parafernalia según haya habido o no cabreo previo al sexo—, y a por la próxima. ¡Ah, sí! También hay personajes infames y rastreros que les quieren mal porque son unos envidiosos y unos tarados.

Nos queda el sexo. Decía Luis García Berlanga que un buen libro erótico se lee sosteniéndolo con una sola mano; Cincuenta sombras de Grey, acaba sujetándose con las dos, una porque es un tocho y pesa lo suyo, y dos porque las escenas pornográficas, a pesar de estar muy bien escritas y, en un principio ponerte bastante a tono, al final acaban por empachar. Hay sexo para hastiar a los más fervientes erotómanos de la tierra.

Pero ha vendido lo que no está escrito, y mi conclusión es que es entretenido, tiene mucho morbo y es fácil de tragar para quien no está acostumbrado a leer mucho.

Para todos aquellos que se hayan interesado por la literatura erótica, les recomiendo que consulten colecciones como la desaparecida “La Sonrisa Vertical” de Tusquets, con libros memorables, y que se den una vuelta por esta página de Facebook, En carne extraña:

http://www.facebook.com/pages/En-carne-extra%C3%B1a/389556534462226?fref=ts

Nada que cuestionar a las ventas de Cincuenta sombras de Grey, pero el otro día, Luisa Vidal, una amiga que también escribe, defendía que hay muchos libros y autores publicados con mucha más calidad que son desconocidos para el público porque no han tenido una gran campaña mediática y que con el marketing adecuado, también llegarían a gustarle a un número muy respetable de lectores. Y en eso estoy de acuerdo con ella.

Yo me leí la biblioteca de mi barrio por orden alfabético para descubrir autores de los que probablemente, de no haber hecho eso, ahora no sabría nada. La semana pasada compré El rapto de Britney Spears de Jean Rolin, porque me gustó lo que decía la contraportada. Y me lo estoy pasando de miedo con la historia.

Hay que dar una oportunidad a los libros, leer de todo y así descubrir que son muchas las historias que nos atrapan y no solo las que reciben más publicidad.

OTRA HISTORIA

La literatura difiere de la vida en que la vida está llena de detalles acumulados y raramente nos encamina hacia ellos, mientras que la literatura nos enseña a observar.

James Wood. Los mecanismos de la ficción

Hay dos aspectos a la hora de escribir que me parecen muy necesarios a tener en cuenta. El primero es la elección del tema que se quiere tratar, y el segundo es —una vez encontrado el primerio—, no soltarlo hasta llegar donde se planea.

La observación a la que se refiere Wood, en mi caso, está relacionada con el primero de los aspectos mencionados.

Para alguien que escribe, esta observación debe ser una herramienta más para ejecutar su trabajo. El autor debiera mirar la historia que tiene delante, y que muchas veces proviene de la realidad, con detenimiento. Después, diseccionarla y volver a unirla en su imaginación ahondando en el aspecto más universal de esta. La realidad es que el escritor transmite mucho más a sus lectores cuando alcanza un cierto nivel de ”liberación autobiográfica”.

El lector tiende a identificarse más con la obra si tiene cierta libertad para interpretarla, para llevarla a su terreno, para pasarla por su propio cedazo.

En cuanto  al segundo aspecto, creo que la disciplina y mantener el objetivo al que se quiere llegar en el punto de mira son fundamentales para acabar contando una historia redonda.

En clase, especialmente con los alumnos de novela —y también en concreto cuando se trata de un primer proyecto—, me he dado cuenta que los algunos de ellos tienen tendencia a querer decir muchas cosas, tantas que a veces parece más una declaración de principios.

Yo pienso que lo mejor es centrarse en un concepto por historia, en una única misión. Es por eso que creo acertado empezar a escribir la novela, cuando el escritor ya conoce su final y todos los acontecimientos que llevan hacia él. Mi hermana dice —y puede que no le falte razón—, que yo soy un poco Asperger (Por cierto: Tim Burton, Nicolas Tesla Albert Einstein y el guapísimo Keannu Rives entre otros lo son o lo eran, así que…)

Sé que cada maestrillo tiene su librillo y que esto que digo no es más que una opinión, un método que a mí me funciona, pero a menudo, en las clases, constato que cuando se escribe sin dirección —sin tener la trama bien construida y montada—, hay una cierta tendencia a encallarse, o a entrar en un bucle de reescritura de todo el texto anterior cada vez que se finaliza un capítulo porque cambia el punto de vista, o el papel asignado a este o aquel personaje…

Esto es muy frustrante, y yo consigo evitar irme por los cerros de Úbeda planificando uno por uno cada núcleo de acción de la novela, uno detrás de otro, respondiendo a la ley causa-efecto, durante el principio y el nudo hasta llegar al desenlace planificado, y haciendo como Ulises, que se ataba para no sucumbir a los cantos de sirena, que en este caso serían los mil y un argumentos diferentes que se esconden entre líneas. Hay que saber decir: esto es otra historia.

SIN COMPLICACIONES

 

El lenguaje es menos práctico que la estética. Si, al querer hablar de una rosa, no dispusiéramos de ningún vocablo, si cada vez tuviéramos que decir “la cosa que se despliega en primavera y que huele bien”, la cosa en cuestión sería mucho menos hermosa.

                                                                     Amélie Nothomb. Ácido sulfúrico

A veces, los escritores nos preocupamos demasiado a la hora de escoger una palabra. En muchas ocasiones, importa más mostrar los muchos conocimientos léxicos y sintácticos que hacer comprensible la imagen que se está mostrando.

Cuántas veces hemos leído un texto y hemos tenido que releerlo de nuevo porque no conseguimos retener el concepto que el autor trataba de explicarnos. Eso pasa porque el lenguaje es demasiado literario.

Puede parecer un sinsentido el hecho de hablar acerca de un lenguaje con un exceso de literatura cuando lo que se pretende es hacer literatura, pero hay que entender que el modo de contar historias ha cambiado sustancialmente desde los primeros narradores orales de nuestra historia.

En pleno siglo XXI, los lectores pedimos agilidad, visibilidad, nos importa más lo que nos cuentan que los conocimientos ilimitados de quien lo hace.

Eso por supuesto no quiere decir que no debamos tener un vocabulario amplio y cierta soltura a la hora de utilizarlo. Incluso se nos permite jugar con él siempre que no perdamos de vista que estamos explicando una historia.

Vamos a ver un ejemplo:

 A las ocho y media se detuvo a poner en hora su reloj de bolsillo. Llevaba la tarde entera sin dar descanso a los pies y traía la mueca del que sufre del hígado. Por lo demás, apretaba el calor en Madrid y de las cloacas subía un tufo, lo más parecido al aliento de un perro enfermo.

Con el golpe en las narices, y la mueca cruzándole el rostro, guardó su reloj en el chaleco y siguió andando hasta lo de Candelas; un sitio de cafelito, sifón y horchata que le quedaba a la vuelta de la esquina. Antes de entrar, y por ver si la camarera rubia había llegado, echó una ojeada desde la calle. Inclinándose por debajo de la persiana, aplastó su nariz contra el cristal y la divisó al fondo. Ahí estaba la pájara. Venía con una bandeja llena y el andar pimpante.

Cuando ella reparó en él, pegó un respingo que por poco tira las horchatas. Luego se compuso, disimuló y siguió sirviendo las mesas, como si el teniente Beltrán no existiera, como si no le importase ser atravesada por unos ojos iguales a dos monedas de plomo.

                                               Montero Glez. Pólvora negra.

 

Roberto Montero González —Montero Glez en el ámbito literario— es uno de los escritores de este país que consigue hacer gala de un lenguaje rico, diverso y bien adaptado a cada uno de los escenarios, épocas y clases sociales que retrata, sin necesidad de recargar frases, haciéndose entender fácilmente en el uso de cada palabra. Creo que es un buen ejemplo de que, en un texto literario, la sencillez no significa escasez o ausencia de calidad.

Os adjunto la bibliografía del autor que figura en su blog http://www.monteroglez.com

Montero Glez (Madrid 1965). Es autor de las novelas: Sed de Champán (1999) Cuando la noche obliga (2003) y Manteca Colorá (2005) así como de un volumen de cuentos titulado, Besos de fogueo (2007). Colaborador en distintos medios y bajo diferentes seudónimos, ha reunido sus artículos de opinión en Diario de un hincha, el fútbol es así (2006) y El verano: lo crudo y lo podrido (2008). Su novela Pólvora Negra fue galardonada con el premio Azorín de novela 2008. En el 2009 publica A ras de «yerba», apuntes futboleros. En noviembre de 2010 publica Pistola y cuchillo.

UNA Y NO MÁS

Solo debemos leer para descubrir lo que debemos releer eternamente. A la literatura pertenece todo libro que se pueda leer dos veces.

Nicolás Gómez Dávila. Escolios

 

Hace unos días leí esta cita y volví a situarme en ese estado combativo que me impulsa a defender a la literatura más allá de lo sublime. O quizás debería decir más acá, porque lo que yo desearía es poder reivindicarla como algo cercano, asequible e interesante para una mayoría.

Yo pocas veces releo un libro. Como mucho, reviso algunos fragmentos que por alguna razón me impresionaron: el monólogo de Shylock de El mercader de Venecia; el capítulo en que la Comunidad del Anillo atraviesa las minas de Moria de El Señor de los Anillos; un diálogo entre Cosimo y Viola, en El barón rampante, en el que ambos dicen cosas que en realidad no quieren decir y el narrador en paralelo nos explica lo que de verdad sienten y desean expresar; el primer capítulo de Sin noticias de Gurb; el final de La sombra del águila

Estas relecturas me ocupan el tiempo justo que dura el párrafo o páginas, no suelo ir más allá para quedarme enganchada de nuevo en la novela. Leo lo que busco, lloro, río, me estremezco… y a otra cosa.

Yo como Santo Tomás, una y no más. No releo porque soy de las que sufre la presión de los muchos libros que hay por descubrir y también, porque a pesar de que aprecio una obra bien escrita, todavía me puede la intriga, lo que pasará: qué, cuándo, dónde, cómo, quién…

Así pues, aunque no vuelvo a leer las novelas, considero que todas ellas pertenecen a la literatura. Es más, también pertenecen las que no he leído, no porque no hayan caído en mis manos, sino porque habiéndolas empezado, he decidido abandonarlas a las veinte páginas por no sentirme atrapada con lo que se narra.

Esto me ha ocurrido más de una, más de diez y hasta más de veinte veces. Y esos libros son literatura, porque lo que merece la pena ser leído una o más veces —para quien sí relea—, depende del lector, así que no sé exactamente, según la frase del encabezamiento de esta reflexión, cuáles son los libros que estarían excluidos de la categoría de literatura.

La literatura y el cine tienen en común que ambos se dedican a contar historias de diferentes tipos.

Hay películas para ver en la televisión el domingo por la tarde, en el sofá; otras son para ser vistas en la pantalla del cine y quedarnos con la boca abierta por lo espectacular de sus efectos especiales y lo trepidante de su acción, y también las hay de las que exigen una tertulia con amigos para comentar el punto de vista del director. Todas son cine.

De la misma manera que hay libros para leer en el metro, durante unas cuantas paradas —la historia se interrumpe y se retoma con facilidad—, existen los que exigen un esfuerzo de concentración. Hay novelas que se leen y se olvidan en cuanto hemos empezado la siguiente porque su propósito no era el de perdurar sino el de hacer pasar el rato, y están las que subsisten durante días en nuestro cerebro, dando vueltas, revelando en cada reflexión un aspecto nuevo. Supongo que a estas últimas se refiere Nicolás Gómez Dávila cuando habla de las que se merecen más de una, pero en mi opinión, no solo estas son literatura.

DEJA QUE ELLOS HABLEN POR TI

Una de las piedras de toque con las que me suelo topar en las clases de narrativa —y con la que yo tropecé mientras era alumna—, es la del trabajo que debe hacer el autor para separar su propia voz de la del narrador/a.

En la actualidad sigo peleando esa batalla tan difícil, pero tan necesaria para que las diferentes obras de un escritor no acaben pareciendo la misma.

En alguna ocasión he mencionado mi opinión acerca de que en las novelas se usen hechos de la propia vida del autor: nada en contra —todos lo hacemos—, pero hay que distanciarse un mínimo de estos para no perder la perspectiva del significado de la historia.

Con la voz del narrador pasa un poco lo mismo, en muchas ocasiones es el propio autor el que acaba hablando, y mucho más cuando el narrador es un omnisciente, ese ente que todo lo sabe porque está en todas partes y en las cabezas de todos los personajes.

Uno de los ejercicios que  trabajo con los alumnos para desprenderse de ellos mismos a la hora de escribir —y que ellos en general encuentran muy difícil—, es el de explicar todos la misma historia pero con diferentes narradores. Cada alumno recibe un papel en el que se describe a alguien: una mujer mayor que vive sola y apenas sale a la calle, un policía joven recién incorporado al cuerpo con una visión muy estricta de quiénes son los malos y quiénes los buenos, una empresaria de éxito de mediana edad y frustrada por las cosas que ha dejado atrás para llegar dónde está, un colaborador de una ONG que lucha contra la pobreza local… Este alguien no es uno de los protagonistas de la historia, sino que va a ser quien la explique. No debe aparecer en toda la narración, no forma parte de los hechos. Los alumnos han de pensar la manera en la que él o ella contarían la historia, teniendo en cuenta su punto de vista, su manera de ver la vida. De hecho el ejercicio consiste en convertir a este ser en el narrador omnisciente, y así dar un enfoque completamente distinto al que el autor le daría para llegar a la misma conclusión que este querría.

No siempre sale bien, ya lo he dicho, es dificilísimo, pero en general sirve para que los autores dejemos de escucharnos tanto y otorguemos la palabra a los otros.

Este ejercicio también redunda en beneficio de los personajes, porque contra más se pierde el miedo a que el lector no entienda lo que se quiere contar —y que nadie lo hará mejor que el propio autor—,  más se permite a los personajes expresarse y contar ellos mismos como se sienten, bien a través de su voz, de sus gestos, incluso de lo que esconden.

David Safier, autor de los best sellers Maldito Karma, Jesús me quiere, Yo mi, me… contigo y Una familia feliz, explica que aprendió el oficio de novelista escribiendo guiones de televisión. Quien conozca sus novelas sabe que cumplen la función de “entretener y divertir” —puntos que él reconoce como sus objetivos—, y que uno de los elementos clave para que sus libros sean tan leídos, es que sus diálogos son ágiles y con sentido: siempre explican algo de la trama, o de alguno de los que están envueltos en ella. Estar en televisión —un medio en el que, como en el cine, el guionista apenas se ve—, le ha dado las tablas para saber quiénes son los verdaderos protagonista de una historia.

¿ESTA HISTORIA DE QUÉ VA?

En una de las entrevistas que Javier Cercas concedió para hablar de su última novela,  Las leyes de la frontera, el escritor comentaba estar de acuerdo con Kundera cuando este dice que: las novelas han de ser fáciles de leer y difíciles de entender. Yo también lo estoy, o al menos eso creo, porque la verdad es que soy muy simple y lo mismo no acabo de pillar lo que quiere decir la frase.

En todo caso —y dado que no puedo preguntarle al señor Kundera directamente ya que no tengo el gusto de conocerlo en persona—, iré por libre y daré mi versión de la frase.

Las novelas y lo relatos son como los sueños: uno se despierta —o termina de leer— y puede explicar lo que ha pasado, pero sabe que en realidad tiene un significado que va más allá de los hechos sucedidos. Hay un trasfondo, un mensaje sobre el que reflexionar. Hay teóricos de la narrativa que llaman a esto la estructura profunda.

La estructura superficial es la historia tal y como se le cuenta al lector. La cadena de hechos que le suceden al personaje, las decisiones que este toma al respecto y sus consecuencias. La estructura profunda es aquello que se lee entre líneas, lo que se insinúa, lo que se sugiere y que al cerrar el libro, después del punto y final, se queda en la cabeza dando vueltas.

Pongo un ejemplo: Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza, escrita en el año 1991.

Esta historia cuenta la llegada a la Tierra de una nave alienígena en una misión de  investigación. El conflicto se produce al desaparecer uno de ellos, habiendo adoptado previamente una forma humana —ni más ni menos que la de Marta Sánchez—, para pasar desapercibido entre los locales. El otro de los componentes de la tripulación se lanza en su búsqueda por la Barcelona pre-olímpica —también intentando pasar por un humano—, en una serie de desquiciadas aventuras en las que conoce a unos no menos desatinados personajes que le van mostrando la realidad del objeto de su investigación: los usos y costumbres de la raza humana. Estructura superficial.

La obra tiene un carácter satírico, y sin mucho comerse el coco, un lector avispado puede ver claramente la denuncia hacia la sociedad consumista, competitiva, insolidaria y ofuscada por la prisa y el ansia de dinero. Un poco más allá, y solo para los oriundos de la ciudad, se pueden encontrar referencias claras a la gestión municipal anterior al gran evento deportivo y los inconvenientes que aquello creó en sus habitantes. Estructura profunda.

Cuando explico este punto a los alumnos, hago hincapié en lo importante que es que tengan claro desde el principio de qué va su novela o su relato. No solo lo que va a pasar, sino lo que ellos o ellas quieren expresar. Así, los hechos irán siempre supeditados al mensaje que quieren transmitir. En narrativa nada es gratuito.

Volviendo a Kundera, estoy con él al cien por cien, en lo de que las novelas han de ser fáciles de leer. En la novela contemporánea se tiende a romper la estructura cronológica temporal, se dan saltos, hacia adelante y hacia atrás, para jugar con la información que el autor quiere dar al lector y en qué momento quiere revelarla. O se explican dos o más historias que aparentemente no tienen nada que ver, para finalmente coincidir y demostrar hasta qué punto estaban relacionadas y no se podían explicar la una sin la otra.

Un reto que tiene su recompensa cuando todo casa en la manera adecuada. Una buena manera de hacer trabajar la mente, tanto de escritores como de lectores. Pero en el caso de los lectores, pienso que una cosa es incitar a que sus neuronas funcionen y otra muy diferente volverles locos con tramas crípticas que acaban por hacerles abandonar. Porque a fin de cuentas, lo que se consigue es distraer su atención de lo que de verdad se cuenta en la historia, y centrarla en cosas más inútiles, que hacen la lectura lenta y espesa.

La estructura superficial debiera ser comprensible

Sobre la profunda, hay alumnos que antes de leer sus trabajos en clase, delante de sus compañeros, sienten la necesidad de explicarse para asegurarse de que el mensaje se comprende en la manera en la que desean. Yo siempre les digo que lean sin decir nada —cuando el lector coja el libro no siempre vais a estar a su lado para explicaros—, y después ya diremos lo que hemos deducido. Hay tres opciones: o no hemos comprendido lo que quería explicarnos, o sí lo hemos pillado, o hay más de un significado y cada uno lo ha procesado según su punto de vista y experiencia y ha extraído algo.

El lector no siempre acabará donde el escritor desea, pero si hay mensaje, habrá reflexión.

¿NO ES OFICIO PARA VIEJOS?

En algún momento, los periódicos italianos decidieron que ya no ametrallarían a sus lectores con noticias de la crisis y así los dejaban vivir en paz. Supongo que eso no quiere decir que en Italia ignoren la situación mundial, pero un acuerdo tácito para intentar vivir con una visión menos negativa, se traduce en un mejor estado de ánimo para seguir funcionando en lugar de optar por desesperarse y acabar saltando por el balcón.

La cosa está muy cruda, no parece existir una salida digna para ningún sector laboral  y  para los que estamos en la peligrosa franja que va de los cuarenta a los sesenta y cinco —muchos, ateniéndonos a los números que dicen que en el año 2045 las personas de la tercera edad superarán en número a las que están por debajo de esta—, todavía más.

Por eso, hace algo menos de un mes, una noticia publicada en La Vanguardia me alegró un poco el día:

La novela ganadora del último Premio Goncourt, El arte francés de la guerra, es un “ajuste de cuentas” con la historia colonial francesa, según su autor, Alexis Jenni, quien reconoce que “Francia tiene un problema con la falta de reconocimiento del papel de los republicanos españoles”.

Jenni, ganador del prestigioso premio galo con una primera novela publicada con casi 50 años, es profesor de Biología en un instituto de Lyon, su profesión, pero su pasión desde siempre fue escribir.

Sí, señor, los tiempos son más que difíciles, y para los que queremos dedicarnos a la escritura, publicar la primera novela se convierte en una pesadilla que dura, a veces, años. Pero resulta que hay quien puede, hay quien siendo escritor novel y teniendo casi cincuenta años gana un premio literario. Será que no está todo perdido.

En febrero de este año, los escritores Antonio Lobo Antunes y Juan Marsé dieron una charla en el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), acerca de la honestidad, cómo la vivía el escritor y si esta debía ser un imperativo ético para llegar a serlo. Por un momento, la charla derivó hacia la polémica que hubo en la entrega del Premio Planeta de 2005, que ganó María de la Pau Gener con Pasiones romanas. Ese año, Juan Marsé, que formaba parte del jurado, declaró en rueda de prensa:

Mi opinión personal es que el nivel es bajo y en algunos tramos subterráneo. Alguna novela promete, apunta alto en sus planteamientos, pero se acaba frustrando. El premio no puede quedar desierto, así que nos vemos obligados a votar la menos mala.

Mi derecho a buscar y decir la verdad, mi verdad, está por encima del relumbrón y el festejo del mejor premio del mundo. Sé, además, que mintiendo no le hago ningún bien ni a los premiados ni a mis compañeros del jurado. Y tampoco me parece ético, en las ruedas de prensa o de cara al público, cuando se me pregunta, dar la callada por respuesta

Dos días después  el escritor presentaba su dimisión.

Siempre ha habido dimes y diretes acerca de la autenticidad de los premios literarios mejor dotados: que si están concedidos de antemano, que si solo los ganan los consagrados, que si es una estrategia de las editoriales para hacerse con escritores súperventas que publican con la competencia…

Basándonos en eso, los escritores noveles y que sobrepasamos los cuarenta años no tenemos nada que hacer. No podemos obtener nuestro primer trabajo porque somos mayores y no tenemos experiencia probada en el sector. No podemos ganar un premio porque ya están asignados a otros.

Alexis Jenni ha ganado un premio a los casi cincuenta años con una primera obra. Sam Savage —autor del best seller Firmin—, publicó su primera novela The Criminal Life of Effie O en el año 2005 y él nació en el año 1940 —echen las cuentas—. Agota Kristof —autora de La analfabeta, obra que escribió en 2004 a los 69 años de edad—sacó al mercado la primera novela El Gran Cuaderno a los 51 años.

Yo, como los italianos, escojo quedarme con la parte más positiva.

Escribir, y aún mejor, ganar premios y publicar, es un oficio que no tiene edad.

VAMOS A CONTAR MENTIRAS

Decir la verdad no tiene ninguna complicación.

Puede que según qué verdades sean un poco peliagudas de explicar, la sinceridad no es bien recibida en todas las ocasiones. Sin embargo, en general, contar algo que en realidad ha sucedido no requiere más esfuerzo que el de recordar los acontecimientos y verbalizarlos, sin añadir nada de cosecha propia.

Para los que escriben, decir “toda la verdad y nada más que la verdad”,  no vale. Los escritores mienten. Pueden partir de un suceso real pero, con frecuencia,  añaden algún que otro detalle que adorna la verdad  o todo lo contrario, esconden ciertas cosas que no vienen al caso, o que no conviene relatar por el bien de la historia.

También puede ser que el escritor mienta en la totalidad de los hechos que ocurren en la narración, y ese es un reto mayor que los demás.

Partir de la verdad ayuda, aporta un punto de referencia a partir del cual se construye el relato.  Hay incidentes reales y los personajes se basan en alguien que existe.

Mentir, inventar toda la historia de pe a pa, —la trama, los personajes, las ubicaciones—, exige un esfuerzo mayor. Hay que estar alerta: hacer un buen trabajo de construcción de personajes para que parezcan personas de verdad, contradictorios y capaces de las cosas más inverosímiles —como todo ser humano—, sin abandonar la coherencia; vigilar las expectativas que uno abre de cara al lector para no dejarle con la sensación de que al final de la historia hay cabos sueltos, cosas que no se entienden o que nadie sabe dónde van a parar.

El trabajo de un escritor no solo es el de contar mentiras, sino el de hacer que esas mentiras sean creíbles.

El otro día, hablaba con Imma Grau, una de mis alumnas, actriz, y que durante un tiempo trabajó en una escuela de interpretación dando clases a los niños. Ella me contaba que uno de los ejercicios que realizaba con los chavales era el hacerles mentir.

“Hoy me vais a contar una mentira, lo que queráis: que una familia de marcianos vive en el mismo edificio que vosotros, que vuestro perro habla, que mañana el sol no va a salir… Pero cuidado, yo tengo que creerme esa mentira. Tenéis que hacer que crea que lo que estáis contando es cierto”.

Algunos de ellos no podían por más que se esforzaban, y eso que los críos son unos patrañeros que se pasan el día intentando colar unos embolados de órdago a sus padres, profesores y amigos —para no ir al cole, para hacerse los chulos delante de los demás…—. Hay que estar concentrado para engañar con verosimilitud.

Para mentir hace falta control, no descuidar ni uno de los hilos que sostiene la farsa, no permitir que nos pillen en una contradicción, no dejar espacios en blanco. Esas habilidades se agudizan a medida que nos hacemos mayores.

Mentir, en el caso de los escritores, es un ejercicio de imaginación. Y tal y como decía Albert Einstein:

La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento se limita a todo lo que ahora conocemos y comprendemos, mientras que la imaginación abarca al mundo entero.

¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Estamos acostumbrados a usar la profesión que desempeñamos para dejar que esta nos defina.

¿Qué eres? ¿Cuántos respondemos a esa pregunta mencionando un oficio que no sentimos como nuestro? Soy administrativo, pero estudié Historia del Arte; soy camarera aunque estoy licenciada en Arquitectura…

El trabajo consume una gran parte de las horas que tiene un día, es normal que se acabe utilizando para concretar quienes somos, para explicarnos delante de los demás.

En este aspecto, escritores —novelistas, poetas, ensayistas, guionistas…—, pintores, músicos…, se manejan en un terreno muy difuso.

Las personas de mi entorno que quieren dedicarse a alguna de estas disciplinas —incluida yo misma—, acostumbran a dedicar más de alguna que otra hora a este trabajo; horas que  arrancan a sus otros quehaceres cotidianos. Sin embargo, de cara a la galería, ¿cuál es la diferencia entre alguien que escribe con la intención de llegar a ser escritor y alguien que lo hace por hobby?

Puede que la diferencia sea el sentimiento con el que se realiza la escritura.

Tengo alumnos que hablan de lo terapéutico que les resulta crear historias y que tienen suficiente con el hecho de haberlas escrito. Esos son los que escriben por afición.

Hay otros que lo hacen con la intención de publicar y esos son los que, con suerte algún día, llegarán a ser escritores.

Yo todavía no soy escritora a pesar de tener  escritos un sinfín de cuentos y tres novelas.

No lo soy porque no estoy publicada.

André Gide decía: Escribo para que me lean.

Yo también. Lo que da sentido a mi escritura es la aspiración a que alguien la lea —fuera de mi círculo de compañeros, amigos y familia—, a que alguna persona compre o saque de la biblioteca una novela mía. Y para eso, necesito publicar.

Cada uno escribe por algo. Estas son algunas de las repuestas de escritores a la pregunta: ¿Usted, por qué escribe?

 Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central. (Andrea Camilleri)

En parte, porque me pagan. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo. (Lucía Etxebarria)

Escribo por las mismas razones por las que leo, porque no me encuentro bien. (Juan José Millás)

Para mí, escribir es una oportunidad de viajar al mundo de los sueños y de la imaginación; de inventar personajes y vivir otras vidas. (Julia Navarro)

Escribo porque de niño sentí que la escritura era una forma de curiosidad e ignorancia. (Andrés Newman)

Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. (Rosa Montero)

Como la mayoría de escritores, no escribo porque lo haya elegido; escribo porque tengo que hacerlo. (John Boyne)

Hay para todos los gustos. Cada uno puede elegir e identificarse con la que quiera.

Yo, por mi parte, pienso que los que escribimos para ser escritores, tenemos un punto exhibicionista y algo de vanidad. Compartimos lo que hacemos con cautela, pero con la esperanza de que los demás disfrutarán y nos dirán lo mucho que les ha gustado. Si no es así, ¿para qué mostrarlo?

Hace unos días, el 21 de este mes, Michel Houellebecq —autor de “Las partículas elementales” y “El mapa y el territorio”, entre otras novelas—, era entrevistado para Elmundo.es El Cultural.

Este señor puede ser considerado como misógino, decadente y reaccionario —opinión que yo comparto. Creo, incluso, que raya la prepotencia—. En esa entrevista reconoce considerarse “el mejor escritor de todos los tiempos”. Mucho decir, ¿no?

Y encima, a la hora de explicar su razón para escribir lo hace así:

 Escribo por los aplausos, no escribo por necesidad. No soy la clase de escritor que no puede evitar escribir. Nunca he llevado un diario.

Es una respuesta exhibicionista —pretende llamar la atención—, y vanidosa.

Pero sin decir que las otras motivaciones no lo sean, creo que es una respuesta valiente y honesta.