Los lunes en mi casa

De escribir, de los escritores, de leer y de los libros

Etiqueta: imaginación

¡QUEREMOS LEER!

Llevamos años oyendo eso de que ya no se lee. Y no dudo que sea verdad, hay un porcentaje menor de lectores, sobre todo porque los medios audiovisuales le han comido terreno a los libros.

Cuando digo medios audiovisuales no me refiero a los soportes digitales que han substituido al  papel, sino a esa otra manera de contar historias con imágenes que en total dura más que una película de cine: las series.

Las series explican una historia, igual que las novelas. Llegan al espectador por episodios; las novelas al lector por capítulos. Cumplen, igual que los libros, la función de entretenernos con las peripecias de unos personajes que amamos u odiamos, a los que les deseamos lo mejor o lo peor, con los que compartimos risas, llantos, miedo, angustia, alegría, y un largo etcétera de emociones humanas.

Si las series son el presente de la ficción -el futuro está por ver-, ¿en qué lugar deja esta verdad a los libros?

En Zaidín, un barrio de Granada, tenían una biblioteca. Esa biblioteca se cerró y los vecinos lo intentaron todo: la ocuparon y los desalojaron, montaron talleres y actividades culturales y se las cerraron, se les llevaron los libros… Hace tres días los vecinos de Zaidín salieron a la calle disfrazados de personajes de libros a reivindicar la reapertura de la biblioteca.

¿Por qué reclaman estas personas su biblioteca? Que se vayan a casa y miren series. Ellos y sus niños, que hay series para todos. ¿No?

Hay una diferencia, y grande, entre ver una serie y leer un libro. Esa diferencia se llama: IMAGINACIÓN.

Cuando miramos una serie no imaginamos, vemos lo que otra persona ha imaginado.

Cuando leemos un libro hemos de imaginar nosotros mismos, es decir poner imágenes en nuestro cerebro interpretando las palabras que leemos. Las letras son el detonante que dispara nuestro cerebro, que lo despereza y lo obliga a trabajar.

Hay estudios realizados con adolescentes que demuestran que estos han perdido la capacidad de representar. Es decir que, cuando leen, la corteza occipital, que es el lugar del cerebro que se activa cuando imaginamos, está mucho más inactiva que hace unos años, cuando las imágenes digitales no gobernaban nuestra vida.

No se me entienda mal. No me cargo ni Internet, ni las series. Al contrario, yo soy lectora compulsiva y desde hace algunos años serieadicta por la vena -que es por donde más engancha-. Pero las dos cosas pueden convivir.

No quiero que me quiten los libros. Yo soy como los vecinos de Zaidín. Quiero seguir leyendo. Quiero imaginar.

MANERAS DE VER

En 1930, el pintor surrealista René Magritte (1898-1967) pintó La clave de los sueños, un cuadro en el que aparecen dos hileras verticales de objetos con una palabra escrita debajo de cada uno de ellos y que no se corresponde con la imagen. Debajo de un huevo se escribe “l’acacia”, debajo de un zapato se escribe “la lune”; debajo de un martillo “le desert”, debajo de un bombín “la neige”, debajo de un vaso “l´orange” y debajo de una vela “le plafond”.

Con esta obra, el artista proponía una reflexión sobre la brecha que existe entre la imagen y la palabra, y pretendía que las imágenes evocaran nuevas sensaciones en quien las miraba al asociarlas con un vocablo con el que, en apariencia, nada tenían que ver.

La vista -aunque a veces también puede resultar engañosa- define, con una precisión de la que los otros sentidos carecen, el espacio que nos rodea. Solo los invidentes se ubican a través del olor o el oído, y los demás estamos acostumbrados a tenerlo todo con un solo barrido de nuestros ojos.

En la era audiovisual, la imagen cobra más sentido que nunca. El cine explica las historias, que antes estaban solo en los libros, en menos tiempo y de forma más exacta para el espectador que no tiene que hacer esfuerzo alguno por imaginarse a los personajes o que puede ver -sin palabras que se lo expliquen-, lo que está ocurriendo.

Entonces, ¿qué propósito tiene seguir contando con las palabras?

Algunas veces, desde este blog, he ponderado las virtudes de escribir de manera que el lector pueda ver lo que el autor explica. Es cierto que describir imágenes, escenas, acciones, lugares con el mayor número de sustantivos concretos es la mejor manera de que el lector no ande perdido en un batiburrillo de sensaciones nombradas pero no experimentadas, sin embargo, el escritor no puede tener nunca la seguridad de que el lector ve lo que describe tal y como él lo ha imaginado, de que percibe el dolor o la alegría del personaje en sus gestos y en las palabras que ha puesto en su boca, de que entiende lo que de verdad está ocurriendo entre líneas.

Es precisamente ahí, donde creo que reside la belleza de lo escrito frente a lo visto -de manera real, física, no con los ojos de la mente-. La palabra sugiere, evoca, y para hacerla visible, necesitamos de la imaginación.

VAMOS A CONTAR MENTIRAS

Decir la verdad no tiene ninguna complicación.

Puede que según qué verdades sean un poco peliagudas de explicar, la sinceridad no es bien recibida en todas las ocasiones. Sin embargo, en general, contar algo que en realidad ha sucedido no requiere más esfuerzo que el de recordar los acontecimientos y verbalizarlos, sin añadir nada de cosecha propia.

Para los que escriben, decir “toda la verdad y nada más que la verdad”,  no vale. Los escritores mienten. Pueden partir de un suceso real pero, con frecuencia,  añaden algún que otro detalle que adorna la verdad  o todo lo contrario, esconden ciertas cosas que no vienen al caso, o que no conviene relatar por el bien de la historia.

También puede ser que el escritor mienta en la totalidad de los hechos que ocurren en la narración, y ese es un reto mayor que los demás.

Partir de la verdad ayuda, aporta un punto de referencia a partir del cual se construye el relato.  Hay incidentes reales y los personajes se basan en alguien que existe.

Mentir, inventar toda la historia de pe a pa, —la trama, los personajes, las ubicaciones—, exige un esfuerzo mayor. Hay que estar alerta: hacer un buen trabajo de construcción de personajes para que parezcan personas de verdad, contradictorios y capaces de las cosas más inverosímiles —como todo ser humano—, sin abandonar la coherencia; vigilar las expectativas que uno abre de cara al lector para no dejarle con la sensación de que al final de la historia hay cabos sueltos, cosas que no se entienden o que nadie sabe dónde van a parar.

El trabajo de un escritor no solo es el de contar mentiras, sino el de hacer que esas mentiras sean creíbles.

El otro día, hablaba con Imma Grau, una de mis alumnas, actriz, y que durante un tiempo trabajó en una escuela de interpretación dando clases a los niños. Ella me contaba que uno de los ejercicios que realizaba con los chavales era el hacerles mentir.

“Hoy me vais a contar una mentira, lo que queráis: que una familia de marcianos vive en el mismo edificio que vosotros, que vuestro perro habla, que mañana el sol no va a salir… Pero cuidado, yo tengo que creerme esa mentira. Tenéis que hacer que crea que lo que estáis contando es cierto”.

Algunos de ellos no podían por más que se esforzaban, y eso que los críos son unos patrañeros que se pasan el día intentando colar unos embolados de órdago a sus padres, profesores y amigos —para no ir al cole, para hacerse los chulos delante de los demás…—. Hay que estar concentrado para engañar con verosimilitud.

Para mentir hace falta control, no descuidar ni uno de los hilos que sostiene la farsa, no permitir que nos pillen en una contradicción, no dejar espacios en blanco. Esas habilidades se agudizan a medida que nos hacemos mayores.

Mentir, en el caso de los escritores, es un ejercicio de imaginación. Y tal y como decía Albert Einstein:

La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento se limita a todo lo que ahora conocemos y comprendemos, mientras que la imaginación abarca al mundo entero.