Los lunes en mi casa

De escribir, de los escritores, de leer y de los libros

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LA TÍA MAME

Yo miro revistas de moda. Y digo miro porque raramente leo el texto que acompaña las fotografías, ya que lo que me gusta es la moda y lo que hago es echar un ojo y hacerme una idea de lo que voy a ir buscando, en versión asequible, cuando entre en Zara.

Sin embargo, hay algo que sí que leo, los artículos de Elvira Lindo, los de Empar Moliner o los de María Dueñas, que colaboran con algunas de esas revistas.

También suelo detenerme en las recomendaciones literarias. No todas las revistas de moda tienen una sección de libros pero las hay que sí y en bastantes ocasiones han acertado con su selección.

No recuerdo qué revista fue, ni cuánto tiempo hace, pero cuando leí la breve sinopsis de la novela La tía Mame de Patrick Dennis -seudónimo de Edward Everett Tanner III-, supe que me iba a gustar. Añadí el título a mi lista de libros por leer y ahí se quedó, como me pasa con tantos otros.

Hace unos días, paseando por La Central, una librería de Barcelona, mis ojos se fueron detrás de una portada que muestra el dibujo de una sofisticada señora con  perlas en las orejas, el cuello y la muñeca, un vestido rojo largo y ceñido con las mangas acabadas en piel y guantes negros. Por cierto, ¿he dicho ya que me gusta la moda?

La señora tiene en una mano un cigarrillo y con la otra, se apoya en la cabeza de un niño de unos diez años vestido con un traje de pantalón corto.

La señora es la tía Mame, y yo me he tragado el libro en nada porque pasa igual de bien que un Martini Royal bien frío -después de leer el libro, soy toda yo glamour-.

La novela comienza a finales de los años veinte y cuenta las peripecias de un niño, Patrick, que a la edad de diez años y después de quedar huérfano, es puesto bajo la custodia de su tía Mame. Dicha señora es rica, elegantísima, culta, guapa y, además de tener la misma idea de cómo se ha de criar a un niño que una lavadora de carga superior, está como una cabra.

Durante la novela la tía Mame pierde su dinero, lo recupera tras casarse con un millonario, se convierte en la primera yanqui venerada en Georgia, en escritora con agente, editor y sin novela, en comadrona… Y todo ello arrastrando a su sobrino, que la adora y la sufre a partes iguales, a través de situaciones a cuál más disparatada.

Sentido del humor del fino y risas a tutiplén.

TIEMPO DE ÉXITO

Me acabo de leer El tiempo entre costuras de María Dueñas. Los booms literarios siempre me dan algo de pereza, así que acostumbro a leerlos cuando ya se les ha pasado el tirón. Con este libro no hay manera, parece que el éxito no remite.

En la portada dice que ha vendido dos millones de ejemplares, y una cosa os digo: NO ME EXTRAÑA.

Me ha tenido pillada hasta la última página y me ha devuelto aquella urgencia por montarme en el metro, encontrar asiento libre y sacar el libro para leer, aunque solo sea por dos paradas.

A estas alturas, con la cantidad de gente que lo ha leído y la serie de televisión -que al parecer está muy bien hecha-, no queda mucho por decir, pero por si acaso hay todavía suelto o suelta algún o alguna reticente que piensa que los best sellers tienden a ser literatura mediocre, que le echen un ojo a la novela.

Los muy puntillosos podrán decir que hay alguna que otra descripción redundante y que la palabra incertidumbre aparece tantas veces que uno no puede evitar recordar que la ha leído antes, unas cuantas páginas atrás -es una palabra larga y sonora, se nota en medio de una frase-. Pero eso solo es una excusa para no reconocer el enorme mérito de escribir una novela de seiscientas y pico páginas y mantener al lector abstraído de todo lo demás con cada una de ellas.

La trama, conocida para muchos, está muy bien elaborada. Pero lo mejor de la historia son los personajes. María Dueñas construye una heroína, la modista Sira Quiroga, al puro estilo clásico. Al empezar la novela, Sira vive con su madre Dolores, trabaja también con ella en un taller de costura, y al poco se echa un novio que va para funcionario. Todo muy plácido. Entonces llega la pasión y lo revienta todo, cambia la vida de la protagonista por completo y al final desparece dejándola sin nada de lo que antes tenía y lejos de su casa. A partir de ahí empieza el camino de la superación.

Lo dicho, la heroína clásica, que se va encontrando las cosas sin apenas buscarlas: el trabajo que le proporciona su madre, el novio en un baile y el amor de casualidad, en una tienda de máquinas de escribir y la desgracia en Tánger.

Después de la primera parte llega la reconstrucción. Hay que salir adelante y la heroína ahí sí que Sira empieza a tirar de habilidades, de determinación, y como en todo buen cuento, de los duendecillos que la ayudan y la van empujando, cuando ella duda, hacia la siguiente etapa, la nueva aventura.

Los buenos:

Dolores, su madre, una de mis favoritas. Supongo que es porque me recuerda a mi yaya Concha, una castellana seca, que cosía puños y cuellos de camisa en casa para que entraran dos jornales.

El comisario Vázquez, que más por no buscar problemas que por bondad, le da un voto de confianza a Sira en su peor momento y la pone a cargo de Candelaria.

Candelaria, la matutera. Dueña de la pensión en la que Sira se aloja a su llegada a Tetuán, hada madrina que lo mismo consigue telas, revistas, hilos, muebles cuando nada de eso puede encontrarse en el mercado que trafica con armas cuando la circunstancia y la necesidad lo requieren.

Félix, el vecino cotilla que con inventarle a Sira una hache al final del nombre, le da el glamour al taller que la heroína y Candelaria montan en Tetuán.

Rosalinda, Marcus, Jamila, Doña Manuela…

Los villanos:

Ramiro, el truhán que abandona a la heroína dejándola sola en África y robándole todo lo que tiene: el dinero y la dignidad.

Serrano Suñer, cuñadísimo de Franco, megalómano y amigo de nazis.

Manuel da Silva, empresario oportunista que ve en la guerra su baza para enriquecerse todavía más.

Para quien no lo haya hecho a estas alturas, me repito, que se la lea.

Yo esta noche me miro el primer capítulo de la serie.