Los lunes en mi casa

De escribir, de los escritores, de leer y de los libros

Etiqueta: novela

¡QUEREMOS LEER!

Llevamos años oyendo eso de que ya no se lee. Y no dudo que sea verdad, hay un porcentaje menor de lectores, sobre todo porque los medios audiovisuales le han comido terreno a los libros.

Cuando digo medios audiovisuales no me refiero a los soportes digitales que han substituido al  papel, sino a esa otra manera de contar historias con imágenes que en total dura más que una película de cine: las series.

Las series explican una historia, igual que las novelas. Llegan al espectador por episodios; las novelas al lector por capítulos. Cumplen, igual que los libros, la función de entretenernos con las peripecias de unos personajes que amamos u odiamos, a los que les deseamos lo mejor o lo peor, con los que compartimos risas, llantos, miedo, angustia, alegría, y un largo etcétera de emociones humanas.

Si las series son el presente de la ficción -el futuro está por ver-, ¿en qué lugar deja esta verdad a los libros?

En Zaidín, un barrio de Granada, tenían una biblioteca. Esa biblioteca se cerró y los vecinos lo intentaron todo: la ocuparon y los desalojaron, montaron talleres y actividades culturales y se las cerraron, se les llevaron los libros… Hace tres días los vecinos de Zaidín salieron a la calle disfrazados de personajes de libros a reivindicar la reapertura de la biblioteca.

¿Por qué reclaman estas personas su biblioteca? Que se vayan a casa y miren series. Ellos y sus niños, que hay series para todos. ¿No?

Hay una diferencia, y grande, entre ver una serie y leer un libro. Esa diferencia se llama: IMAGINACIÓN.

Cuando miramos una serie no imaginamos, vemos lo que otra persona ha imaginado.

Cuando leemos un libro hemos de imaginar nosotros mismos, es decir poner imágenes en nuestro cerebro interpretando las palabras que leemos. Las letras son el detonante que dispara nuestro cerebro, que lo despereza y lo obliga a trabajar.

Hay estudios realizados con adolescentes que demuestran que estos han perdido la capacidad de representar. Es decir que, cuando leen, la corteza occipital, que es el lugar del cerebro que se activa cuando imaginamos, está mucho más inactiva que hace unos años, cuando las imágenes digitales no gobernaban nuestra vida.

No se me entienda mal. No me cargo ni Internet, ni las series. Al contrario, yo soy lectora compulsiva y desde hace algunos años serieadicta por la vena -que es por donde más engancha-. Pero las dos cosas pueden convivir.

No quiero que me quiten los libros. Yo soy como los vecinos de Zaidín. Quiero seguir leyendo. Quiero imaginar.

TIEMPO DE ÉXITO

Me acabo de leer El tiempo entre costuras de María Dueñas. Los booms literarios siempre me dan algo de pereza, así que acostumbro a leerlos cuando ya se les ha pasado el tirón. Con este libro no hay manera, parece que el éxito no remite.

En la portada dice que ha vendido dos millones de ejemplares, y una cosa os digo: NO ME EXTRAÑA.

Me ha tenido pillada hasta la última página y me ha devuelto aquella urgencia por montarme en el metro, encontrar asiento libre y sacar el libro para leer, aunque solo sea por dos paradas.

A estas alturas, con la cantidad de gente que lo ha leído y la serie de televisión -que al parecer está muy bien hecha-, no queda mucho por decir, pero por si acaso hay todavía suelto o suelta algún o alguna reticente que piensa que los best sellers tienden a ser literatura mediocre, que le echen un ojo a la novela.

Los muy puntillosos podrán decir que hay alguna que otra descripción redundante y que la palabra incertidumbre aparece tantas veces que uno no puede evitar recordar que la ha leído antes, unas cuantas páginas atrás -es una palabra larga y sonora, se nota en medio de una frase-. Pero eso solo es una excusa para no reconocer el enorme mérito de escribir una novela de seiscientas y pico páginas y mantener al lector abstraído de todo lo demás con cada una de ellas.

La trama, conocida para muchos, está muy bien elaborada. Pero lo mejor de la historia son los personajes. María Dueñas construye una heroína, la modista Sira Quiroga, al puro estilo clásico. Al empezar la novela, Sira vive con su madre Dolores, trabaja también con ella en un taller de costura, y al poco se echa un novio que va para funcionario. Todo muy plácido. Entonces llega la pasión y lo revienta todo, cambia la vida de la protagonista por completo y al final desparece dejándola sin nada de lo que antes tenía y lejos de su casa. A partir de ahí empieza el camino de la superación.

Lo dicho, la heroína clásica, que se va encontrando las cosas sin apenas buscarlas: el trabajo que le proporciona su madre, el novio en un baile y el amor de casualidad, en una tienda de máquinas de escribir y la desgracia en Tánger.

Después de la primera parte llega la reconstrucción. Hay que salir adelante y la heroína ahí sí que Sira empieza a tirar de habilidades, de determinación, y como en todo buen cuento, de los duendecillos que la ayudan y la van empujando, cuando ella duda, hacia la siguiente etapa, la nueva aventura.

Los buenos:

Dolores, su madre, una de mis favoritas. Supongo que es porque me recuerda a mi yaya Concha, una castellana seca, que cosía puños y cuellos de camisa en casa para que entraran dos jornales.

El comisario Vázquez, que más por no buscar problemas que por bondad, le da un voto de confianza a Sira en su peor momento y la pone a cargo de Candelaria.

Candelaria, la matutera. Dueña de la pensión en la que Sira se aloja a su llegada a Tetuán, hada madrina que lo mismo consigue telas, revistas, hilos, muebles cuando nada de eso puede encontrarse en el mercado que trafica con armas cuando la circunstancia y la necesidad lo requieren.

Félix, el vecino cotilla que con inventarle a Sira una hache al final del nombre, le da el glamour al taller que la heroína y Candelaria montan en Tetuán.

Rosalinda, Marcus, Jamila, Doña Manuela…

Los villanos:

Ramiro, el truhán que abandona a la heroína dejándola sola en África y robándole todo lo que tiene: el dinero y la dignidad.

Serrano Suñer, cuñadísimo de Franco, megalómano y amigo de nazis.

Manuel da Silva, empresario oportunista que ve en la guerra su baza para enriquecerse todavía más.

Para quien no lo haya hecho a estas alturas, me repito, que se la lea.

Yo esta noche me miro el primer capítulo de la serie.

VAMPIRAS

Es muy probable que al pensar en novelas de vampiros -y vampiras-, las primeras que nos vengan a la mente, si somos unos simples aficionados del tema, sean: Drácula de Bram Stoker, publicada en el año 1897 y Crepúsculo de Stephanie Meyer, trilogía publicada en 2005. 

Muchas veces, el cine se encarga de promocionar novelas. Este es el caso de Entrevista con el vampiro de Anne Rice, del año 1976, que vivió un momento de auge en las ventas después del estreno de la película en 1994.

Hay muchas buenas novelas de vampiros,  El misterio de Salem’s Lot de Stephen King (1975) o El sueño de Fevre de George R.R. Martin (1982), son buenos ejemplos de ello.

Hoy me gustaría hacer mención de una de las mejores de vampiros que yo conozco: Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist (2004), de la que también se hizo una muy buena película en el año 2008.

Cuenta la historia de Oskar, un niño de doce años, que vive en Blackeberg, uno de los suburbios de Estocolmo y que sufre de abusos por parte de sus compañeros de clase. Tiene tres aficiones: comer golosinas, coleccionar recortes de periódico acerca de crímenes violentos e ir al bosque después de clase e inventar situaciones en las que se convierte en  un asesino justiciero o un héroe.

Un día, Oskar conoce a Eli, una niña delgada, pálida, guapa, que no parece pasar nunca frío, que desprende un olor que le recuerda al que tenía su perro Bobby días antes de morir y que acaba de llegar al barrio y vive con un hombre en el portal contiguo al de él.

A pesar de que en su primer encuentro, Eli advierte a Oskar de que no podrán ser amigos,  él siente una atracción muy potente hacia la misteriosa niña, y acaban haciéndose inseparables.

La llegada de Eli y el que Oskar idenifica como su padre, coincide con una ola de crímenes que apuntan a la aparición de un asesino en serie. Oskar sigue los sucesos extraños que acompañan los asesinatos con ávido interés mientras profundiza en su relación con la peculiar niña.

Hay varias cosas que me hicieron disfrutar de la novela. La trama está muy bien ligada y la intriga se mantiene durante toda la novela a pesar de que el lector conoce algunos de los secretos de los personajes. La ambientación es brutal, yo leí la novela en verano y me pelaba de frío. La falta de luz, la tristeza que conlleva esta circunstancia  y la escasez de recursos y la poca esperanza de los habitantes, acaba por pegarse a los sesos del que lee y le cuela de manera muy vívida en el mundo de estos personajes.

Los mismos personajes son otro de los puntos fuertes. Oskar, Eli, Hakan y todos los secundarios que los acompañan.

Y ya, a nivel personal, un atractivo añadido de la novela es que el personaje del vampiro es, en realidad una vampira.

Hay más vampiras en la literatura, claro, pero casi siempre comparten cartel con vampiros.

Yo únicamente conozco otra novela en las que las mujeres encarnen de manera absoluta la sed de la sangre, la fantástica  Carmilla de Le Fanu (1872).

Si hay más, pido recomendaciones. Me encantan.

PLAGIO

plagiar.

(Del lat. plagiāre).

1. tr. Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias.

 

En el trabajo de un escritor, esa palabra siempre anda planeando —más arriba o más abajo—, y depende de cada uno lo que se puede o no considerar un plagio.

La misma definición da pie a que seamos subjetivos en el significado ya que dice: en lo sustancial.

¿Qué leñes es lo sustancial? Pues eso, que depende de cada persona.

La primera vez que fui al Registro de la Propiedad Intelectual, pregunté a la persona que se encargó de introducir los datos de mi obra para entregarme el comprobante conforme quedaba registrada, de qué me protegía aquella gestión. La respuesta fue que la idea no podía registrase y que por tanto, lo único que quedaba defendido del plagio eran las palabras textuales.

Lo entiendo. Millones de novelas parten de una situación hipotética idéntica, e incluso se desarrollan por los mismos caminos y llegan a igual conclusión. Es la elección de las palabras, los personajes, el estilo, la trama, lo que las hace diferentes las unas de las otras. Es normal coincidir, no en vano en la vida real, la mayoría de los humanos compartimos un ideario común y las situaciones vitales son casi siempre las mismas. Varía simplemente el punto de vista y el protagonista de la historia.

Ahora bien, las palabras… Eso, a pesar de que parezca más claro, es más difícil de diagnosticar. Entiendo que hay un tipo de plagio que es incuestionable: el que se produce al copiar letra a letra algo que ha escrito otra persona e intentar hacerlo pasar como propio.

Sin embargo, ¿es plagio utilizar una frase que hemos leído en otro libro y que creemos que encaja bien con nuestro personaje?

Hace mucho tiempo, cuando yo empezaba a escribir, escuché como mi profesor de Narrativa le pedía a alguien un bolígrafo para anotar una frase que acababa de leer, y que creía que iba bien para adjudicársela al protagonista de la novela que él estaba escribiendo.

Cuando pregunté –inocente de mí-, si aquello no era plagiar, la respuesta fue que todos los escritores lo hacen.

A mí me ha pasado que he descubierto en otros libros, o series de televisión, o programas de radio, frases que creía haber inventado yo. Evidentemente nadie me ha plagiado porque por ahora, mi obra no es pública, lo que me lleva a pensar que es muy fácil que a muchos se nos ocurran cosas muy parecidas. O que algo leído de otro autor sea el germen de algo que escribiremos.

En la conciencia de cada escritor, está el determinar, si esos préstamos, o esas sugerencias que encontramos en otros textos, son o no son un plagio.

Él, ELLA, SUS AMIGOS Y SUS CONFLICTOS

Cuando coloco una pieza en un espacio abierto, lo que más me interesa es el cielo: no hay ningún fondo mejor que el cielo para una escultura, porque permite contrastar la forma con el espacio abierto sin establecer competencia alguna con cualquier otra escultura.

Henry Moore

 

Cuando se trata de mirar esculturas, probablemente sea mejor hacerlo de una en una y ver que nos cuenta cada pieza individualmente. Creo que  a eso se refería Henry Moore cuando hablaba del cielo como el contraste perfecto para sus piezas.  Solo el azul, liso, uniforme, sin nada que pueda desviar la atención  hacia otro lado que no sea la pieza que se observa.

Cuando las esculturas son imágenes de personas, su físico y la pose en la que han sido esculpidas, se encargan de hacernos reflexionar sobre la historia que hay detrás. Pero a veces, el escultor nos obsequia con algunas pistas en forma de otros personajes, o animales u objetos que acompañan a la figura central y ayudan a complementar la información.

En el caso de un escritor, el cielo raso no es el mejor escenario frente al que contrastar al personaje principal para hacerlo visible al lector. Todo lo contrario. Los personajes de ficción que parecen reales se obtienen precisamente a base de enfrentarlos a los otros personajes, a las circunstancias que los rodean y los mueven a actuar.

La historia que se cuenta en una novela o en un relato es la de alguien. Aunque sea un hecho lo que se quiere destacar, a pesar de que un lugar —su creación, su evolución— tenga una importancia elevada en la trama, siempre se cuenta a través de personajes. Por eso, antes de escribir una novela hay que preocuparse de que los protagonistas estén a la altura de lo que se va a explicar. Deben de ser la mejor opción para llevar el mensaje y han de estar rodeados de los compañeros más adecuados.

HUME Y LA BELLEZA

El siglo XVIII, en Escocia y el Reino Unido, estuvo marcado en el ámbito filosófico por la proliferación de escritos de diversos autores acerca de la norma estética, entre ellos David Hume.

Este filósofo y muchos de sus coetáneos —cada uno con ligeros matices—, buscaban la norma del gusto a partir de la observación y el posterior análisis de la obra estudiada o admirada.

Hasta entonces los tratados sobre la estética perseguían encontrar unos criterios comunes que definieran lo que era bello, sin embargo, Hume rompe con la regla de que la armonía es el fundamento de la belleza. Según él, la belleza ya no depende solo de la cosa observada sino de quien la observa. La hermosura ya no reside en la proporción  armónica, como defendían los cánones clásicos, sino que está en el sujeto que la contempla. Es decir, una obra de arte lo es porque alguien la admira. Por lo tanto, la belleza está en la propia naturaleza humana.

Hume también creía que el proceso de creación se desarrollaba relacionando razón y pasión.

A través de la razón, el artista sopesa tamaños apropiados, materiales convenientes… La pasión es el motor, es el remolino que nos envuelve y nos arrastra hasta llevarnos a aquello que queremos hacer y no a otra cosa.

En el caso del escritor, la razón es la que le da vueltas a los aspectos más formales: que la historia no tenga ni más ni menos páginas de las que son necesarias, que las palabras sean las adecuadas, el orden en que finalmente se contará la historia, cuántas voces narrativas, cuántos personajes…

La pasión, probablemente, tendrá que ver con ese dilema que tenemos muchos de los que escribimos y que es: ¿De qué voy a hablar?

Las modas dictan los temas, ahora vivimos en la resaca erótica y nuestras librerías están inundadas de libros acerca del rol de los sumisos y sumisas en las relaciones sexuales. Y son los que más se venden.

¿Quiere decir eso que si no escribimos acerca de lo que está de moda tenemos menos posibilidades de publicar? Pues la verdad es que sí. Mercados mandan.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Escribir sobre lo que está de moda o acerca lo que el cuerpo nos pide?

Hume decía que la razón es la que nos dice cómo hacer las cosas, pero querer hacerlas no es una cuestión de la razón. Y también que: En primer lugar, la razón sola no puede nunca constituir un motivo de ninguna acción de la voluntad; y en segundo lugar, nunca puede oponerse a la pasión en la dirección de la voluntad.

Yo supongo que se trata de encontrar el equilibrio prefecto entre razón y pasión.

Hay una novela que es utilizada por muchos profesores y autores de manuales de técnica narrativa como ejemplo de casi todas las cosas que están bien hechas: Drácula de Bram Stoker.

¿De qué habla la novela? Del amor, de su fuerza y de cómo, si es verdadero, no será vencido ni por la mismísima muerte. ¿Cómo lo cuenta? Con vampiros.

Ya ves, él sin tener ni idea y trending topic del siglo XXI. Que se lo digan si no a Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo.

OTRA HISTORIA

La literatura difiere de la vida en que la vida está llena de detalles acumulados y raramente nos encamina hacia ellos, mientras que la literatura nos enseña a observar.

James Wood. Los mecanismos de la ficción

Hay dos aspectos a la hora de escribir que me parecen muy necesarios a tener en cuenta. El primero es la elección del tema que se quiere tratar, y el segundo es —una vez encontrado el primerio—, no soltarlo hasta llegar donde se planea.

La observación a la que se refiere Wood, en mi caso, está relacionada con el primero de los aspectos mencionados.

Para alguien que escribe, esta observación debe ser una herramienta más para ejecutar su trabajo. El autor debiera mirar la historia que tiene delante, y que muchas veces proviene de la realidad, con detenimiento. Después, diseccionarla y volver a unirla en su imaginación ahondando en el aspecto más universal de esta. La realidad es que el escritor transmite mucho más a sus lectores cuando alcanza un cierto nivel de ”liberación autobiográfica”.

El lector tiende a identificarse más con la obra si tiene cierta libertad para interpretarla, para llevarla a su terreno, para pasarla por su propio cedazo.

En cuanto  al segundo aspecto, creo que la disciplina y mantener el objetivo al que se quiere llegar en el punto de mira son fundamentales para acabar contando una historia redonda.

En clase, especialmente con los alumnos de novela —y también en concreto cuando se trata de un primer proyecto—, me he dado cuenta que los algunos de ellos tienen tendencia a querer decir muchas cosas, tantas que a veces parece más una declaración de principios.

Yo pienso que lo mejor es centrarse en un concepto por historia, en una única misión. Es por eso que creo acertado empezar a escribir la novela, cuando el escritor ya conoce su final y todos los acontecimientos que llevan hacia él. Mi hermana dice —y puede que no le falte razón—, que yo soy un poco Asperger (Por cierto: Tim Burton, Nicolas Tesla Albert Einstein y el guapísimo Keannu Rives entre otros lo son o lo eran, así que…)

Sé que cada maestrillo tiene su librillo y que esto que digo no es más que una opinión, un método que a mí me funciona, pero a menudo, en las clases, constato que cuando se escribe sin dirección —sin tener la trama bien construida y montada—, hay una cierta tendencia a encallarse, o a entrar en un bucle de reescritura de todo el texto anterior cada vez que se finaliza un capítulo porque cambia el punto de vista, o el papel asignado a este o aquel personaje…

Esto es muy frustrante, y yo consigo evitar irme por los cerros de Úbeda planificando uno por uno cada núcleo de acción de la novela, uno detrás de otro, respondiendo a la ley causa-efecto, durante el principio y el nudo hasta llegar al desenlace planificado, y haciendo como Ulises, que se ataba para no sucumbir a los cantos de sirena, que en este caso serían los mil y un argumentos diferentes que se esconden entre líneas. Hay que saber decir: esto es otra historia.

EMPEZAR BIEN

La escritura, como todos los oficios, tiene sus reglas. Los manuales de técnica narrativa están llenos de ellas y los escritores las conocen y las aplican según su entendimiento o preferencia.

Estos criterios teóricos no siempre han sido los mismos. Ahora, las historias se cuentan de manera muy diferente a cómo se escribían las del siglo XIX,  teniendo en cuenta otras premisas, tanto a nivel de lenguaje como de estructura y trama.

Sencillez en el lenguaje, nada de palabras excesivamente rebuscadas ni de frases imposibles de leer de corrido y mucho menos de entender a la primera.

El lenguaje es menos práctico que la estética. Si, al querer hablar de una rosa, no dispusiéramos de ningún vocablo, si cada vez tuviéramos que decir “la cosa que se despliega en primavera y que huele bien”, la cosa en cuestión sería mucho menos hermosa.  (Amélie Nothom. Ácido sulfúrico)

Visibilidad, que consiste en hacer ver el carácter, las emociones y estados de ánimo de los personajes en lugar de utilizar términos abstractos para describirlos. Amor, por ejemplo es un abstracto. Estar enamorado no significa lo mismo para todo el mundo. Tampoco tenemos miedo de las mismas cosas. Los personajes tampoco, y hay que mostrar qué significa para ellos el sentimiento que tienen.

Muchos autores de tratados teóricos y escritores hablan sobre estos conceptos, y me gustaría aconsejar desde aquí la lectura de Seis propuestas para el nuevo milenio (Siruela) de Italo Calvino. El escritor desarrolla seis lecciones, —originalmente eran seis conferencias que Calvino dio en la Universidad de Harvard— en las que desgrana los conceptos de levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia.

Hay muchos libros que enseñan la manera de escribir un relato o una novela. A mí me gusta recomendar que sean leídos con interés, voluntad de aprender y, sobre todo, con prudencia.

En esta vida hay reglas para todo, y a veces las reglas se transgreden, y en algunas de esas ocasiones es para bien.

En narrativa, por ejemplo, se habla mucho de la importancia que tiene el primer párrafo —e incluso la primera frase—, en un relato o en una novela. Yo creo que es cierto y que hay maneras de arrancar que le quitan las ganas al lector de pasar de la página tres. Pero de ahí a dar por sentado que empezar de según qué manera es incorrecto, me parece exagerado.

Repasemos alguna de las recomendaciones.

No empieces con descripciones meteorológicas.

Es 1976. El cielo está encapotado y lleno de nubes grises. Son unas nubes bulbosas, arrugadas y brillantes. El cielo parece un cerebro. Debajo del cielo hay un campo azotado por el viento.

David Foster Wallace. Animalitos inexpresivos (La niña del pelo raro)

Evita arrancar con descripciones estáticas.

Las oficinas de correos rurales en Austria poco se distinguen unas de otras; quien ha visto una, las conoce todas. (Stefan Zweig. La embriaguez de la metamorfosis)

Después de esta primera frase, el autor describe con todo detalle como son dichas oficinas de correos durante las cinco primeras páginas de la novela.

No empieces con un sueño del personaje.

Hay un libro que se llama Como no escribir una novela que recomienda que más allá de no empezar con un sueño, ni siquiera se incluya uno en la narración.

Los autores, Howard Mittelmark y Sandra Newman, dicen:

Un buen sistema es permitirse un solo sueño por novela. Luego, cuando llegue la revisión final, lo quitas y en paz.

Por citar a un autor, Edgar A. Poe tiene un cuento El pozo y el pédulo que es enteramente un sueño del personaje.

Y así hasta el infinito:

—En el primer párrafo debes sentar las bases de la historia: género, protagonista, tiempo, tono, punto de vista…

—Entra de lleno en el conflicto desde la primera línea.

—No comiences con apelaciones directas al lector.

Habrá quien piense que estos autores se saltan las normas porque son —eran en los casos citados—, unos genios. Pero en realidad son personas que escriben, como muchas otras, que revisan y  escogen el principio que mejor les parece en función del sentido que tiene dentro de la historia completa.

Si todos hiciésemos caso de las normas establecidas sonaríamos igual y acabaríamos por escribir siempre la misma historia.

EN COMANDITA

Lo peor de que se acabe el agosto es, para algunos como yo, que se acaban las vacaciones. Lo mejor es que el trabajo me gusta, así que, a pesar de ese algo de nostalgia  que queda, puedo decir que me apetece retomar mis labores, y de incorporarme a la rutina, hay una cosa que me encanta: volver a escribir en comandita.

Si buscáis en el diccionario, encontraréis esta definición:

comandita

f. Sociedad en la que hay dos clases de socios: unos con derechos y obligaciones y otros que tienen limitados o cierta cuantía su interés y su responsabilidad en los negocios comunes.

en comandita. loc. adv. En sociedad comanditaria.

                        fam. En compañía.

Me quedo con la última acepción.

Hace algunos años, un grupo muy reducido de alumnos —tres, y no nos conocíamos de antemano—, nos matriculamos en un taller de Novela, los viernes a última hora de la tarde. No era el primer curso de escritura para ninguno de nosotros y el proyecto, además de aprender técnica narrativa,  era aventurarnos a escribir una primera novela, un capítulo por semana.

Sesión a sesión, fuimos cada vez sintiéndonos más cómodos, y eso que nuestros estilos no se parecían entonces —ni se parecen ahora—, en nada. Poco a poco fuimos entrando en el mundillo narrativo del otro, nos fuimos gustando y empezamos a respetarnos. Criticábamos y alabábamos el trabajo del compañero con vocación de aportar, y luego escuchábamos, con devoción, las puntualizaciones del profesor.

Yo, en mi caso, a veces hacía caso de lo que me decían en clase y a veces no, pero casi siempre probaba lo que me habían sugerido. Esto es algo que recomiendo a mis alumnos, que escuchen las opiniones y que se queden únicamente con las que les han convencido, con las que creen que han mejorado su trabajo. Si no las comparten, fuera. Es su obra, es su criterio.

Mis compañeros fueron mis primeros lectores. Si reaccionaban como yo esperaba pensaba: “Lo has hecho bien”.

Estuvimos juntos tres trimestres —se fueron añadiendo y marchando otros alumnos, pero nosotros aguantamos todo el año—, y en junio, nuestro profesor nos despidió alegando que ya nos había enseñado todo lo que él sabía, y que a partir de ahí estábamos solos.

La escritura es un oficio solitario. Yo, cuando llevo dos, tres, cinco, ocho meses escribiendo una misma historia y le he dado mil vueltas, entro en un bucle: “¿A quién demonios le interesa esto que estás escribiendo además de a ti? ¿Esta frase pinta algo o mejor que la quite? ¿Te ríes tú sola de tus gracias?…”.

Probablemente, a mis compañeros les pasaba lo mismo, porque los tres nos amotinamos y dijimos que nones, que nosotros seguíamos con o sin profesor, y él muy sabiamente, al ver que no podría con nosotros, se nos unió y empezó a compartir su trabajo.

Desde entonces, cada viernes, seguimos encontrándonos para leer lo que hemos producido entre semana. Y yo espero ese rato de ese día porque quiero ver que opinan, quiero oír lo suyo y al final, me quiero ir de cañas  y seguir hablando de nuestras novelas y de las de los demás. Y de las series que hemos descubierto —compartimos esa afición—, y de los libros que hemos leído…

Después de tanto tiempo, y seguimos encontrándonos los viernes. No otro día de la semana, los viernes.

¿No es esa una de las noches que habitualmente uno se reserva para pasar con sus amigos?