Los lunes en mi casa

De escribir, de los escritores, de leer y de los libros

Etiqueta: personajes

VAMPIRAS

Es muy probable que al pensar en novelas de vampiros -y vampiras-, las primeras que nos vengan a la mente, si somos unos simples aficionados del tema, sean: Drácula de Bram Stoker, publicada en el año 1897 y Crepúsculo de Stephanie Meyer, trilogía publicada en 2005. 

Muchas veces, el cine se encarga de promocionar novelas. Este es el caso de Entrevista con el vampiro de Anne Rice, del año 1976, que vivió un momento de auge en las ventas después del estreno de la película en 1994.

Hay muchas buenas novelas de vampiros,  El misterio de Salem’s Lot de Stephen King (1975) o El sueño de Fevre de George R.R. Martin (1982), son buenos ejemplos de ello.

Hoy me gustaría hacer mención de una de las mejores de vampiros que yo conozco: Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist (2004), de la que también se hizo una muy buena película en el año 2008.

Cuenta la historia de Oskar, un niño de doce años, que vive en Blackeberg, uno de los suburbios de Estocolmo y que sufre de abusos por parte de sus compañeros de clase. Tiene tres aficiones: comer golosinas, coleccionar recortes de periódico acerca de crímenes violentos e ir al bosque después de clase e inventar situaciones en las que se convierte en  un asesino justiciero o un héroe.

Un día, Oskar conoce a Eli, una niña delgada, pálida, guapa, que no parece pasar nunca frío, que desprende un olor que le recuerda al que tenía su perro Bobby días antes de morir y que acaba de llegar al barrio y vive con un hombre en el portal contiguo al de él.

A pesar de que en su primer encuentro, Eli advierte a Oskar de que no podrán ser amigos,  él siente una atracción muy potente hacia la misteriosa niña, y acaban haciéndose inseparables.

La llegada de Eli y el que Oskar idenifica como su padre, coincide con una ola de crímenes que apuntan a la aparición de un asesino en serie. Oskar sigue los sucesos extraños que acompañan los asesinatos con ávido interés mientras profundiza en su relación con la peculiar niña.

Hay varias cosas que me hicieron disfrutar de la novela. La trama está muy bien ligada y la intriga se mantiene durante toda la novela a pesar de que el lector conoce algunos de los secretos de los personajes. La ambientación es brutal, yo leí la novela en verano y me pelaba de frío. La falta de luz, la tristeza que conlleva esta circunstancia  y la escasez de recursos y la poca esperanza de los habitantes, acaba por pegarse a los sesos del que lee y le cuela de manera muy vívida en el mundo de estos personajes.

Los mismos personajes son otro de los puntos fuertes. Oskar, Eli, Hakan y todos los secundarios que los acompañan.

Y ya, a nivel personal, un atractivo añadido de la novela es que el personaje del vampiro es, en realidad una vampira.

Hay más vampiras en la literatura, claro, pero casi siempre comparten cartel con vampiros.

Yo únicamente conozco otra novela en las que las mujeres encarnen de manera absoluta la sed de la sangre, la fantástica  Carmilla de Le Fanu (1872).

Si hay más, pido recomendaciones. Me encantan.

MANERAS DE VER

En 1930, el pintor surrealista René Magritte (1898-1967) pintó La clave de los sueños, un cuadro en el que aparecen dos hileras verticales de objetos con una palabra escrita debajo de cada uno de ellos y que no se corresponde con la imagen. Debajo de un huevo se escribe “l’acacia”, debajo de un zapato se escribe “la lune”; debajo de un martillo “le desert”, debajo de un bombín “la neige”, debajo de un vaso “l´orange” y debajo de una vela “le plafond”.

Con esta obra, el artista proponía una reflexión sobre la brecha que existe entre la imagen y la palabra, y pretendía que las imágenes evocaran nuevas sensaciones en quien las miraba al asociarlas con un vocablo con el que, en apariencia, nada tenían que ver.

La vista -aunque a veces también puede resultar engañosa- define, con una precisión de la que los otros sentidos carecen, el espacio que nos rodea. Solo los invidentes se ubican a través del olor o el oído, y los demás estamos acostumbrados a tenerlo todo con un solo barrido de nuestros ojos.

En la era audiovisual, la imagen cobra más sentido que nunca. El cine explica las historias, que antes estaban solo en los libros, en menos tiempo y de forma más exacta para el espectador que no tiene que hacer esfuerzo alguno por imaginarse a los personajes o que puede ver -sin palabras que se lo expliquen-, lo que está ocurriendo.

Entonces, ¿qué propósito tiene seguir contando con las palabras?

Algunas veces, desde este blog, he ponderado las virtudes de escribir de manera que el lector pueda ver lo que el autor explica. Es cierto que describir imágenes, escenas, acciones, lugares con el mayor número de sustantivos concretos es la mejor manera de que el lector no ande perdido en un batiburrillo de sensaciones nombradas pero no experimentadas, sin embargo, el escritor no puede tener nunca la seguridad de que el lector ve lo que describe tal y como él lo ha imaginado, de que percibe el dolor o la alegría del personaje en sus gestos y en las palabras que ha puesto en su boca, de que entiende lo que de verdad está ocurriendo entre líneas.

Es precisamente ahí, donde creo que reside la belleza de lo escrito frente a lo visto -de manera real, física, no con los ojos de la mente-. La palabra sugiere, evoca, y para hacerla visible, necesitamos de la imaginación.

Él, ELLA, SUS AMIGOS Y SUS CONFLICTOS

Cuando coloco una pieza en un espacio abierto, lo que más me interesa es el cielo: no hay ningún fondo mejor que el cielo para una escultura, porque permite contrastar la forma con el espacio abierto sin establecer competencia alguna con cualquier otra escultura.

Henry Moore

 

Cuando se trata de mirar esculturas, probablemente sea mejor hacerlo de una en una y ver que nos cuenta cada pieza individualmente. Creo que  a eso se refería Henry Moore cuando hablaba del cielo como el contraste perfecto para sus piezas.  Solo el azul, liso, uniforme, sin nada que pueda desviar la atención  hacia otro lado que no sea la pieza que se observa.

Cuando las esculturas son imágenes de personas, su físico y la pose en la que han sido esculpidas, se encargan de hacernos reflexionar sobre la historia que hay detrás. Pero a veces, el escultor nos obsequia con algunas pistas en forma de otros personajes, o animales u objetos que acompañan a la figura central y ayudan a complementar la información.

En el caso de un escritor, el cielo raso no es el mejor escenario frente al que contrastar al personaje principal para hacerlo visible al lector. Todo lo contrario. Los personajes de ficción que parecen reales se obtienen precisamente a base de enfrentarlos a los otros personajes, a las circunstancias que los rodean y los mueven a actuar.

La historia que se cuenta en una novela o en un relato es la de alguien. Aunque sea un hecho lo que se quiere destacar, a pesar de que un lugar —su creación, su evolución— tenga una importancia elevada en la trama, siempre se cuenta a través de personajes. Por eso, antes de escribir una novela hay que preocuparse de que los protagonistas estén a la altura de lo que se va a explicar. Deben de ser la mejor opción para llevar el mensaje y han de estar rodeados de los compañeros más adecuados.

HUME Y LA BELLEZA

El siglo XVIII, en Escocia y el Reino Unido, estuvo marcado en el ámbito filosófico por la proliferación de escritos de diversos autores acerca de la norma estética, entre ellos David Hume.

Este filósofo y muchos de sus coetáneos —cada uno con ligeros matices—, buscaban la norma del gusto a partir de la observación y el posterior análisis de la obra estudiada o admirada.

Hasta entonces los tratados sobre la estética perseguían encontrar unos criterios comunes que definieran lo que era bello, sin embargo, Hume rompe con la regla de que la armonía es el fundamento de la belleza. Según él, la belleza ya no depende solo de la cosa observada sino de quien la observa. La hermosura ya no reside en la proporción  armónica, como defendían los cánones clásicos, sino que está en el sujeto que la contempla. Es decir, una obra de arte lo es porque alguien la admira. Por lo tanto, la belleza está en la propia naturaleza humana.

Hume también creía que el proceso de creación se desarrollaba relacionando razón y pasión.

A través de la razón, el artista sopesa tamaños apropiados, materiales convenientes… La pasión es el motor, es el remolino que nos envuelve y nos arrastra hasta llevarnos a aquello que queremos hacer y no a otra cosa.

En el caso del escritor, la razón es la que le da vueltas a los aspectos más formales: que la historia no tenga ni más ni menos páginas de las que son necesarias, que las palabras sean las adecuadas, el orden en que finalmente se contará la historia, cuántas voces narrativas, cuántos personajes…

La pasión, probablemente, tendrá que ver con ese dilema que tenemos muchos de los que escribimos y que es: ¿De qué voy a hablar?

Las modas dictan los temas, ahora vivimos en la resaca erótica y nuestras librerías están inundadas de libros acerca del rol de los sumisos y sumisas en las relaciones sexuales. Y son los que más se venden.

¿Quiere decir eso que si no escribimos acerca de lo que está de moda tenemos menos posibilidades de publicar? Pues la verdad es que sí. Mercados mandan.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Escribir sobre lo que está de moda o acerca lo que el cuerpo nos pide?

Hume decía que la razón es la que nos dice cómo hacer las cosas, pero querer hacerlas no es una cuestión de la razón. Y también que: En primer lugar, la razón sola no puede nunca constituir un motivo de ninguna acción de la voluntad; y en segundo lugar, nunca puede oponerse a la pasión en la dirección de la voluntad.

Yo supongo que se trata de encontrar el equilibrio prefecto entre razón y pasión.

Hay una novela que es utilizada por muchos profesores y autores de manuales de técnica narrativa como ejemplo de casi todas las cosas que están bien hechas: Drácula de Bram Stoker.

¿De qué habla la novela? Del amor, de su fuerza y de cómo, si es verdadero, no será vencido ni por la mismísima muerte. ¿Cómo lo cuenta? Con vampiros.

Ya ves, él sin tener ni idea y trending topic del siglo XXI. Que se lo digan si no a Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo.

UNA OPORTUNIDAD

Sí, yo he leído Cincuenta sombras de Grey. Miento, estoy en ello, todavía no he terminado el último volumen de la trilogía.

El primero me lo pulí en cuatro días, el segundo me costó más y tuve que combinarlo con otras lecturas —habitualmente leo un solo libro y no empiezo el siguiente hasta terminarlo—, y el tercero está siendo un poco por cabezonería, otro poco por curiosidad. Creo que ya he mencionado que soy de las que abandona un libro en cuanto empieza a aburrirse, pero quiero saber dónde va a parar la historia.

Me gusta saber qué tienen de especial las novelas  que se venden a millones.

Vamos con los personajes. Están construidos a base de topicazos: jóvenes, guapos —al menos él lo es mucho tal y como nos repite ella hasta el hartazgo—, inteligentes y buenos —ella es una redentora y él un millonario filántropo—. En aras de mostrar eso de la bidimensionalidad de los personajes, la autora le adjudica a él un pasado tormentoso que le ha convertido en un sádico, pero creo que E.L. James se corta a la hora de explorar ese camino y apenas asoma la parte más oscura, le falta tiempo para dar marcha atrás y suavizar la situación para no llegar a mostrarlo nunca como el malo. Ella, sin embargo, muestra contradicciones más simples pero mejor resueltas: le va el sexo duro y al mismo tiempo la asusta. Además, lleva asociados mis dos personajes favoritos —ambos secundarios—: la voz de la conciencia con sus gafas de media luna y la diosa interior, acróbata consumada.

Entiendo porqué esos personajes pueden llegar a fascinar, pero en mi opinión se quedan cortos y tienen un punto irreal que hace que no los tomes en serio.

Sigamos con la trama. Millonario sádico y controlador se enamora de chica inteligente y un poco respondona —lo justo—. Se quieren, se pelean, follan —con más o menos parafernalia según haya habido o no cabreo previo al sexo—, y a por la próxima. ¡Ah, sí! También hay personajes infames y rastreros que les quieren mal porque son unos envidiosos y unos tarados.

Nos queda el sexo. Decía Luis García Berlanga que un buen libro erótico se lee sosteniéndolo con una sola mano; Cincuenta sombras de Grey, acaba sujetándose con las dos, una porque es un tocho y pesa lo suyo, y dos porque las escenas pornográficas, a pesar de estar muy bien escritas y, en un principio ponerte bastante a tono, al final acaban por empachar. Hay sexo para hastiar a los más fervientes erotómanos de la tierra.

Pero ha vendido lo que no está escrito, y mi conclusión es que es entretenido, tiene mucho morbo y es fácil de tragar para quien no está acostumbrado a leer mucho.

Para todos aquellos que se hayan interesado por la literatura erótica, les recomiendo que consulten colecciones como la desaparecida “La Sonrisa Vertical” de Tusquets, con libros memorables, y que se den una vuelta por esta página de Facebook, En carne extraña:

http://www.facebook.com/pages/En-carne-extra%C3%B1a/389556534462226?fref=ts

Nada que cuestionar a las ventas de Cincuenta sombras de Grey, pero el otro día, Luisa Vidal, una amiga que también escribe, defendía que hay muchos libros y autores publicados con mucha más calidad que son desconocidos para el público porque no han tenido una gran campaña mediática y que con el marketing adecuado, también llegarían a gustarle a un número muy respetable de lectores. Y en eso estoy de acuerdo con ella.

Yo me leí la biblioteca de mi barrio por orden alfabético para descubrir autores de los que probablemente, de no haber hecho eso, ahora no sabría nada. La semana pasada compré El rapto de Britney Spears de Jean Rolin, porque me gustó lo que decía la contraportada. Y me lo estoy pasando de miedo con la historia.

Hay que dar una oportunidad a los libros, leer de todo y así descubrir que son muchas las historias que nos atrapan y no solo las que reciben más publicidad.

DEJA QUE ELLOS HABLEN POR TI

Una de las piedras de toque con las que me suelo topar en las clases de narrativa —y con la que yo tropecé mientras era alumna—, es la del trabajo que debe hacer el autor para separar su propia voz de la del narrador/a.

En la actualidad sigo peleando esa batalla tan difícil, pero tan necesaria para que las diferentes obras de un escritor no acaben pareciendo la misma.

En alguna ocasión he mencionado mi opinión acerca de que en las novelas se usen hechos de la propia vida del autor: nada en contra —todos lo hacemos—, pero hay que distanciarse un mínimo de estos para no perder la perspectiva del significado de la historia.

Con la voz del narrador pasa un poco lo mismo, en muchas ocasiones es el propio autor el que acaba hablando, y mucho más cuando el narrador es un omnisciente, ese ente que todo lo sabe porque está en todas partes y en las cabezas de todos los personajes.

Uno de los ejercicios que  trabajo con los alumnos para desprenderse de ellos mismos a la hora de escribir —y que ellos en general encuentran muy difícil—, es el de explicar todos la misma historia pero con diferentes narradores. Cada alumno recibe un papel en el que se describe a alguien: una mujer mayor que vive sola y apenas sale a la calle, un policía joven recién incorporado al cuerpo con una visión muy estricta de quiénes son los malos y quiénes los buenos, una empresaria de éxito de mediana edad y frustrada por las cosas que ha dejado atrás para llegar dónde está, un colaborador de una ONG que lucha contra la pobreza local… Este alguien no es uno de los protagonistas de la historia, sino que va a ser quien la explique. No debe aparecer en toda la narración, no forma parte de los hechos. Los alumnos han de pensar la manera en la que él o ella contarían la historia, teniendo en cuenta su punto de vista, su manera de ver la vida. De hecho el ejercicio consiste en convertir a este ser en el narrador omnisciente, y así dar un enfoque completamente distinto al que el autor le daría para llegar a la misma conclusión que este querría.

No siempre sale bien, ya lo he dicho, es dificilísimo, pero en general sirve para que los autores dejemos de escucharnos tanto y otorguemos la palabra a los otros.

Este ejercicio también redunda en beneficio de los personajes, porque contra más se pierde el miedo a que el lector no entienda lo que se quiere contar —y que nadie lo hará mejor que el propio autor—,  más se permite a los personajes expresarse y contar ellos mismos como se sienten, bien a través de su voz, de sus gestos, incluso de lo que esconden.

David Safier, autor de los best sellers Maldito Karma, Jesús me quiere, Yo mi, me… contigo y Una familia feliz, explica que aprendió el oficio de novelista escribiendo guiones de televisión. Quien conozca sus novelas sabe que cumplen la función de “entretener y divertir” —puntos que él reconoce como sus objetivos—, y que uno de los elementos clave para que sus libros sean tan leídos, es que sus diálogos son ágiles y con sentido: siempre explican algo de la trama, o de alguno de los que están envueltos en ella. Estar en televisión —un medio en el que, como en el cine, el guionista apenas se ve—, le ha dado las tablas para saber quiénes son los verdaderos protagonista de una historia.

VAMOS A CONTAR MENTIRAS

Decir la verdad no tiene ninguna complicación.

Puede que según qué verdades sean un poco peliagudas de explicar, la sinceridad no es bien recibida en todas las ocasiones. Sin embargo, en general, contar algo que en realidad ha sucedido no requiere más esfuerzo que el de recordar los acontecimientos y verbalizarlos, sin añadir nada de cosecha propia.

Para los que escriben, decir “toda la verdad y nada más que la verdad”,  no vale. Los escritores mienten. Pueden partir de un suceso real pero, con frecuencia,  añaden algún que otro detalle que adorna la verdad  o todo lo contrario, esconden ciertas cosas que no vienen al caso, o que no conviene relatar por el bien de la historia.

También puede ser que el escritor mienta en la totalidad de los hechos que ocurren en la narración, y ese es un reto mayor que los demás.

Partir de la verdad ayuda, aporta un punto de referencia a partir del cual se construye el relato.  Hay incidentes reales y los personajes se basan en alguien que existe.

Mentir, inventar toda la historia de pe a pa, —la trama, los personajes, las ubicaciones—, exige un esfuerzo mayor. Hay que estar alerta: hacer un buen trabajo de construcción de personajes para que parezcan personas de verdad, contradictorios y capaces de las cosas más inverosímiles —como todo ser humano—, sin abandonar la coherencia; vigilar las expectativas que uno abre de cara al lector para no dejarle con la sensación de que al final de la historia hay cabos sueltos, cosas que no se entienden o que nadie sabe dónde van a parar.

El trabajo de un escritor no solo es el de contar mentiras, sino el de hacer que esas mentiras sean creíbles.

El otro día, hablaba con Imma Grau, una de mis alumnas, actriz, y que durante un tiempo trabajó en una escuela de interpretación dando clases a los niños. Ella me contaba que uno de los ejercicios que realizaba con los chavales era el hacerles mentir.

“Hoy me vais a contar una mentira, lo que queráis: que una familia de marcianos vive en el mismo edificio que vosotros, que vuestro perro habla, que mañana el sol no va a salir… Pero cuidado, yo tengo que creerme esa mentira. Tenéis que hacer que crea que lo que estáis contando es cierto”.

Algunos de ellos no podían por más que se esforzaban, y eso que los críos son unos patrañeros que se pasan el día intentando colar unos embolados de órdago a sus padres, profesores y amigos —para no ir al cole, para hacerse los chulos delante de los demás…—. Hay que estar concentrado para engañar con verosimilitud.

Para mentir hace falta control, no descuidar ni uno de los hilos que sostiene la farsa, no permitir que nos pillen en una contradicción, no dejar espacios en blanco. Esas habilidades se agudizan a medida que nos hacemos mayores.

Mentir, en el caso de los escritores, es un ejercicio de imaginación. Y tal y como decía Albert Einstein:

La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento se limita a todo lo que ahora conocemos y comprendemos, mientras que la imaginación abarca al mundo entero.