Los lunes en mi casa

De escribir, de los escritores, de leer y de los libros

Etiqueta: visibilidad

MANERAS DE VER

En 1930, el pintor surrealista René Magritte (1898-1967) pintó La clave de los sueños, un cuadro en el que aparecen dos hileras verticales de objetos con una palabra escrita debajo de cada uno de ellos y que no se corresponde con la imagen. Debajo de un huevo se escribe “l’acacia”, debajo de un zapato se escribe “la lune”; debajo de un martillo “le desert”, debajo de un bombín “la neige”, debajo de un vaso “l´orange” y debajo de una vela “le plafond”.

Con esta obra, el artista proponía una reflexión sobre la brecha que existe entre la imagen y la palabra, y pretendía que las imágenes evocaran nuevas sensaciones en quien las miraba al asociarlas con un vocablo con el que, en apariencia, nada tenían que ver.

La vista -aunque a veces también puede resultar engañosa- define, con una precisión de la que los otros sentidos carecen, el espacio que nos rodea. Solo los invidentes se ubican a través del olor o el oído, y los demás estamos acostumbrados a tenerlo todo con un solo barrido de nuestros ojos.

En la era audiovisual, la imagen cobra más sentido que nunca. El cine explica las historias, que antes estaban solo en los libros, en menos tiempo y de forma más exacta para el espectador que no tiene que hacer esfuerzo alguno por imaginarse a los personajes o que puede ver -sin palabras que se lo expliquen-, lo que está ocurriendo.

Entonces, ¿qué propósito tiene seguir contando con las palabras?

Algunas veces, desde este blog, he ponderado las virtudes de escribir de manera que el lector pueda ver lo que el autor explica. Es cierto que describir imágenes, escenas, acciones, lugares con el mayor número de sustantivos concretos es la mejor manera de que el lector no ande perdido en un batiburrillo de sensaciones nombradas pero no experimentadas, sin embargo, el escritor no puede tener nunca la seguridad de que el lector ve lo que describe tal y como él lo ha imaginado, de que percibe el dolor o la alegría del personaje en sus gestos y en las palabras que ha puesto en su boca, de que entiende lo que de verdad está ocurriendo entre líneas.

Es precisamente ahí, donde creo que reside la belleza de lo escrito frente a lo visto -de manera real, física, no con los ojos de la mente-. La palabra sugiere, evoca, y para hacerla visible, necesitamos de la imaginación.

VER PARA CREER

La forma que Don Gregorio tenía de mostrarse muy enfadado era el silencio. “Si vosotros no os calláis, tendré que callarme yo.”

Y se dirigía hacia el ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, descorazonador, como si nos hubiera dejado abandonados en un extraño país. Pronto me di cuenta de que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él tocaba era un cuento fascinante.

El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después pasar por el Amazonas y la sístole y diástole del corazón. Todo conectaba, todo tenía sentido. La hierba, la lana, la oveja, mi frío.   

Cuando el maestro se dirigía hacia el mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminase la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por primera vez el relinchar de los caballos y el estallido del arcabuz. Íbamos a lomos de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchábamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras. (…) Construíamos el Pórtico de la Gloria. Plantábamos las patatas que habían venido de América. Y a América emigramos cuando llegó la peste de la patata.

                                                    Manuel Rivas. La lengua de las mariposas

En narrativa existe una máxima que dice que mejor mostrar que decir. Esto significa lo mismo que aquello de que una imagen vale más que mil palabras, con el matiz de que en literatura de lo que se trata es de construir esa imagen con las palabras.

Para hacer avanzar una narración los escritores pueden jugar en dos modos: el modo escena y el modo resumen.

En el primero se trata de situar al lector en tiempo real, y hacerle ver lo que el personaje vive en ese momento. En el segundo, se intenta que la trama avance en el tiempo de manera rápida, sin detenerse a mostrar mucho ya que son datos que interesan para situar y contextualizar la historia pero no son el quid del la cuestión.

Conectados en modo escena, los autores disponen de varios recursos para acercar la narración al lector —de eso se trata cuando se usa la escena—: los diálogos, la acción —o sea lo que hace el personaje—, y la descripción estática de lugares o sensaciones para crear una atmósfera determinada. En todas ellas prima la visibilidad: que el lector se sumerja en un determinado ambiente a base de describir las sensaciones a través, no solo de los ojos, sino de los sonidos, los olores, el tacto y los sabores, y que vea como es el personaje, lo que dice, como se siente, lo que hace

En lo de ver al personaje, no se refiere únicamente a enseñarle físicamente, sino a que sus estados de ánimo sean visibles a través de sus acciones y no porque la voz narrativa utilice un abstracto para explicarse. Por ejemplo, el narrador dice:

María estaba feliz.

Y se queda tan ancho.

El lector sabe que María estaba feliz porque se lo ha dicho ese que le cuenta la historia. Pero si dice:

María salió de casa a las siete de la mañana, cuando todavía estaba oscuro, con una sonrisa en los labios. No le importó perder el autobús a pesar de que corrió para alcanzarlo y se rompió el tacón del zapato. Se arrancó el otro tacón y se sentó a esperar el siguiente vehículo. Ya en él, no encontró sitio para sentarse, y se pasó todo el trayecto con la nariz empotrada en el sobaco de un hombre que no se cambiaba la camisa por lo menos desde hacía un mes y ni eso pudo borrarle la sonrisa. Nada hubiera podido. Antes de que se acabara el día, María abrazaría a su Pedro al que hacía más de tres meses que no veía.

La palabra feliz no ha aparecido, pero ¿alguien duda de la felicidad de María? No. Porque la hemos visto mediante acciones concretas.

En literatura, como Santo Tomás:

Si no lo veo, no lo creo.